Instituto de Historia Eclesiástica Isabel la Católica
Vicente Rodríguez Valencia

Libro

Perfil moral de Isabel la Católica.
Parte II: Perfil moral

1974


  • Introducción
  • I. Prudencia de gobierno
  • II. La justicia
  • III. Su fortaleza
  • IV. Templanza
  • V. Humildad
  • VI. Su castidad
  • VII. La caridad inagotable
  • VIII. El culto divino
  • IX. Profundamente piadosa
  • X. Celo de la gloria de Dios. Apostolado seglar

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    En el tratamiento de la documentación, aun de la estrictamente cancilleresca: en las cuestiones de Estado, aun las puramente administrativas; en los asuntos eclesiásticos, los puramente religiosos o directamente morales, ascéticos y místicos; en la misma política internacional; en todo cuanto es docurnentación, hemos puesto atención a los perfiles humanos y morales, lo mismo a los de ética natural que a los de la moral positiva cristiana y sobrenatural.

    Contrastado todo por el equipo investigador, nos disponemos a sintetizar el perfil moral de la Reina Católica.

    Nos había precedido un juicio singular de la historiografía del siglo XIX, que, inicialmente nos sorprendía: "A la luz de la más escrupulosa investigación, no se descubre un solo acto de su vida pública y privada que no sea de piedad y de virtud...” (Modesto Lafuente, en Documentaczón, XVI, p. 121). Sin desdeñar lo que nos precedía, debíamos enfrentarnos a una investigación mucho más amplia, en extensión, en profundidad y con métodos de crítica histórica más depurados, que nos fuesen re-velando directamente los juicios de valor sobre la moralidad de la Reina. La investigación, no por ser más amplia, había de ser menos detallista y aun escrupulosa. Pero no podíamos tomar estos juicios precedentes, por fundados que fuesen, como puntos de partida. Sin desdén y sin compromiso, nuestro punto de partida y el término de llegada, se desenvuelven en el ciclo de nuestra propia Documentaczón, que se ha enriquecido con aportaciones de otros investigadores o equipos estudiosos.

    Sin embargo, podemos decir que, llegados a este término, aquella estatua mantiene sus perfiles; enriquecida ahora de datos y depurada de contornos; más sobria, por una parte, y, por otra, más profusa.

    I. Prudencia de gobierno

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    Dentro de un orden genérico, no podíamos descender a la biografía de la persona sin antes situarnos en la historia del reinado, en una corrección moral de los hechos de gobierno. La persona de la Reina no podría ser considerada sino en el marco de los hechos del reinado. Y, en ellos, ya no podemos quedarnos en la generalidad e inconcreción de ese juicio que, decimos nos había precedido en la historia escrita del XIX: efectivamente, a la hora de las conclusiones hemos podido coincidir en que no encontrarnos en Isabel como Reina, hechos de incorrección moral que podamos demostrar, por más que hemos procurado, como historiadores, adentrarnos en la más íntima genética y correlación de estos hechos. En esto podríamos coincidir con ese juicio precedente.

    Pero nuestra conclusión, al enriquecerse de datos, nos ha resultado más positiva aún: lo que surge de esta documentación, es no solamente un cúmulo de empeños, proyectos o programación piramidal de un reinado, que suele caracterizar a los grandes hombres situados en la soberanía, sino un conjunto de éxitos y logros de gobierno, de programa, de arquitectura de un reinado, que parecen haber tenido de lado a la fortuna, si se nos permite hablar así; y que de hecho esa buena fortuna de Isabel, está en el mareo de una especial providencia de Dios; pero que tienen también la explicación natural y personal de estar concebidos, programados y realizados dentro de una excepcional prudencia en la relación de medio a fin. A los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, les salían bien las cosas, porque acertaron a no emprender lo imposible o superior a sus fuerzas. Conjugando todas las posibilidades al proyectar, con todos los resortes humanos al realizar, conseguían los éxitos de un reinado que no tuvo precedentes en España. Esta buena fortuna de Isabel, es su prudencia, como don natural y como virtud infusa inherente a la gracia de Dios; y dentro de esta prudencia, la humildad sincera. de abatir su soberanía como Reina y su juicio como persona humana, al consejo lealmente pedido y rogado. Si algunos historia-dores modernos, dijeren o hubieren dicho que no se explica el. reinado de Isabel la Católica, sin su vida de piedad, de oración y de mortificación, nada tendríamos que oponer; antes al contrario, nos parece que por mucho que estilicemos las cualidades. naturales de la Reina para explicamos tantas cosas, nos habríamos quedado a mitad del camino de nuestra búsqueda de la explicación, si no acudimos a explicarnos las cosas por esa presencia de lo sobrenatural y de lo divino que acusan los elegidos de Dios. Porque una elemental filosofía de la historia nos tiene dada la medida y la conclusión, de que en los acontecimientos trascendentes nada sucede ni sale de la vida y del ser de un personaje hasta que el dedo de Dios se posa sobre él, marcándole para un destino. Esta explicación es la nuestra; porque tampoco nos era suficiente añadir al genio natural de Isabel el genio natural de Fernando; ni la suma, fusión y compenetración de ambos soberanos, de los mejor dotados, cada uno y ambos a dos, de cuanto se recuerda en historia de monarquías o de soberanías. Se nos acomoda el texto de Gracián: "Cada uno de los dos era para hacer un siglo de oro y un reinado felicísimo; quánto más entrambos" (Tomo XVI de la Documentación, p. 34); nos acerca más a la explicación, otro texto posterior, que sale de la pluma de un. archivero del Reino, en tiempo de Felipe V, cuando se inaugura la dinastía de los Borbones al término de la de los Austrias que fundaron Fernando e Isabel: "Fueron elegidos por Dios, por visible milagro de su misericordia" (Tomo XVI, p. 60).

    Tampoco nos es suficiente para la explicación, por más que se trate de esas contundentes explicaciones de una eficacia, el hecho, característico de ambos, pero singularísimo de la Reina,. de la estrecha selección de hecho, dentro de un inflexible criterio selectivo, de los colaboradores directos, y de todo cuanto es 'ni-portante en la gobernación de un Reino; que es bien sabido que la más excelente dote de cualidades personales no basta para las amplias realizaciones y logros, sin una selecta plantilla y nómina de colaboradores, lo mismo en la selección, de competencia propia, de los cargos de gobierno temporal, como en la selección procurada y, en líneas generales, conseguida, de los cargos de gobierno espiritual y pastoral. Punto este, que si no saliera ya de la propia intención original de la Reina, le estaba señalado por su confesor fray Hernando en los primeros años de su reinado: "Distribuir y encomendar los negocios a personas idóneas; mandarles que se desvelen en la expedición dellos; fiar osadamente dellas" Memorial para la Reina. Documentación9 tomo XV, p. 368) Estas son tres de las cuatro cosas que le señala el confesor; la cuarta, pertenece a otra virtud de la que ahora no hablamos: "Que tenga vuestra Magestad constancia insuperable, como la tiene en otras cosas; bendito el que se la dio". (Id. Id.). Las tres primeras, contienen la regla de oro de la prudencia de gobierno.

    Decimos que avanzamos todavía en la línea de las explicaciones naturales de aquella gran fortuna y buena estrella de Isabel de Castilla. Y es, que, aparte el criterio selectivo en la distribución de los cargos importantes, y en la clase efectivamente dirigente, tampoco puede explicarse esta singular fortuna de éxitos de gobierno y de transformación total de un Reino, si no responde, en su medida, la sociedad española, el pueblo. Y este incomparable consenso humano de espontaneidad de adhesión del pueblo, en lo que sorprenden las pocas excepciones que, en tan extensa complejidad de gobierno, se produjeron en Castilla y que van superándose a medida que avanza el reinado, es una de las más celebradas loas que le ha dedicado la historiografía española y la extranjera, señaladamente la de los siglos XIX y xx, cuando la sociedad afinó hasta el extremo la sensibilidad en cuanto a la incorporación del pueblo a las tareas de la gobernación.

    Pero en ello es preciso volvernos nosotros hacia los textos del tiempo. Un principio de gobierno, de incorporación del pueblo, que no quisiéramos llamar revolucionario ni para hacemos entender de muchas gentes de hoy, se iba implantando en Castilla y chocó principalmente en Toledo; pero el secretario y cronista Pulgar, que en sus Letras se acredita aún más de independencia de apreciaciones, en la Letra XIV, se encara con esa perplejidad toledana: “En esa noble cibdad no se puede buenamente sufrir que algunos que juzgais no ser de linaje, tengan honras e ofiçios de governación, porque entendeis que el defecto de la sangre les quita la habilidad del governar... Mirad agora, señor, yo vos ruego, quánto yerra el apasionado deste error... Todos somos nasçidos de una masa e ovimos un principio noble... e assi mismo (es) contra ley divina que manda ser todos en un corral e debaxo de un pastor... y especialmente contra la clara virtud de la caridad que nos alumbra el camino"... Y termina con esta ya célebre contundencia expresiva de un nuevo principio de derecho y norma de gobierno: "E avernos de creer que Dios fizo hombres, e non fizo linajes". (Documentación, XV, 89).

    Es lo que, contemporáneamente también, y finalizado el gobierno de Isabel, anotaba con profunda intención el Nuncio Pontificio y conde de Castiglione: en adhesión y consenso general a su Reina, están juntos "los pueblos de España, los señores, los particulares, los hombres y las mujeres, los pobres y los ricos; todos..." (Documentación, XV, 219).

    Esto nos sugiere una observación, que si no es original nuestra en sus modos de expresión, lo sería en el lenguaje escueto y frío de la historia: analizando las razones del cambio rápido de Castilla en el entronque de dos reinados, el de Enrique IV y el de su hermana Isabel, se ha dicho: "Una decadencia y un florecimiento se han dado en una sociedad misma y viviendo los mismos hombres"; expresión que perfiló más tarde en escrito editado: "Una decadencia no se diferencia de un florecimiento, sino en la práctica de esa voluntad selectiva que apoya al hombre de signo positivo". Se explica así "el resurgir de la nación formada por los mismos súbditos, por ¿a misma masa nacional que antes no servia para nada" (Menéndez Pidal, en Documentación, XVI, 346). A este no servir para nada, le acotaríamos en frío, pero sustancialmente dice lo que quiere decir.

    Todos estos factores que hemos ido señalando al intentar una explicación de los sorprendentes logros y éxitos del reinado de Isabel, incluido el de haber tenido la intención y el buen fin y éxito conseguido, de incorporar a la tarea de gobierno a la sociedad, al pueblo, serían una buena filosofía de la historia; quizá un historiador serio quedase satisfecho. Pero nos creernos en el caso de avanzar todavía en el análisis de la explicación; y este nos llevaría a señalar dos aspectos, o resortes, que están muy quedos en la genética de esta buena estrella: uno está en los límites de la misma prudencia, ya más explicada en sus aspectos morales, o en la conciencia moral de un reinado; otro, avanza más allá de un providencialismo del reinado, hasta la explicación sobrenatural.

    En cuanto a lo primero, su prudencia en la petición leal de consejo privado para la acción personal, en todos los asuntos de gobierno y de Estado, incluía la política internacional. Consejo privado que es, ante todo, para la conciencia moral de gobierno que aquiete sus exigencias íntimas de espíritu en su modo de proceder en todo. Aquí el dato es de ella misma. Y el consejo para todo es pedido a Ir. Hernando de Talavera, su exigente confesor, aparte sus consejeros de oficio.

    “Vuestras cartas... querría yo que aún más las estendiésedes y más particularmente de cada cosa, y de todas las cosas que hubieren de negocios y de las cosas que ay que acá pasan: ansi como es lo que estábamos agora con el Rey de Portugal sobre lo que toca a aquellas islas que alló Colón [la línea de demarcación y el tratado de Tordesillas]; y sobre ellas mismas que dezis que nunca os escrivi; y sobre lo que escrivís de los casamientos de nuestros hijos, qué es lo que os pareçería mejor”...

    Y no solo en estos negoçios, que son los mayores [el arco de la política internacional Alemania-Inglaterra-Portugal] más en todos los de nuestros Reynos y de la buena gobernaçión de ellos querría que particularmente me escriviésedes en todo vuestro parecer”...

    También él, si la Reina se descuida, la reclama que le informe o consulte: “... Y agora me dió ocasión lo que dezís que nunca os é escrito de las Yndias, de que tomé que no os pesará de que os escriba así aquellas cosas, y dello y de otras muchas hubiera escrito y pescudado [inquirido, consultado] si supiera esto”. “Y dexo de dezir muchas de lo que querría, y lo que digo, muy desconcertado... Y en lo que yo no pudiere, de aquí adelante, de mano de Fernand'Alvarez os haré saber todas las cosas prinçipales para que sepamos en ellas vuestro pareçer, y está os ruego yo mucho: que no os escuseis de escribir vuestro pareçer en todo, en tanto que nos veamos; ni os escuseys con que no estays en las cosas y que estays ausente, porque bien sé yo que ausente, será mejor el consejo que de otro presente...". Zaragoza, 4 dic. 1493; a fr. Hernando a Granada. Carta autógrafa; secreta; con orden, o ruego, de quemarla (“Esta mi carta y todas las otras... las quemeys o las tengays en un cofre debaxo de vuestra llave, que persona nunca las vea, para volvérmelas a mí quando pluguiere a Dios que os vea"!). (Documentación, tomo II, edición crítica de las cartas).

    Esto prueba que, aparte sus consejeros políticos, de la talla del cardenal Mendoza, del Consejo Real y del propio rey Fernando, la Reina tiene para su conciencia de gobierno un consejo privado de subsuelo, singular y personal, de Fr. Hernando de 'I'alavera.

    Estos no son deseos solamente; desde 1474 en que comienza a reinar, la intervención del confesor está profusamente documentada; y lo sigue estando después de la fecha de esta carta, cuando al cardenal Mendoza va a sustituir el Cardenal Cisneros; el cual, a diferencia de Mendoza, añadirá su cualidad de confesor de altas exigencias morales, lo mismo para la conciencia de la Soberana que para sus asuntos de Estado.

    Estamos anotando algunos datos de bulto, que están en una línea de superación, pero que es la misma constante de gobierno en todo lo demás; datos que nos van revelando la apurada y exquisita prudencia de gobierno que nos acerca ya a la explicación no solamente de los éxitos del reinado, sino del modo particular con que ellos se engendran en la inteligencia y en la conciencia, de aquella Reina que fue definida como "mujer de alto consejo" ella misma, y que siempre, en su gobernar, y hacer justicia, "proveía de muy alto consejo, sin el cual nunca se movía"... "Los prelados y los letrados e altísimo Consejo que siempre la acompañaron” (Bernáldez, Documentación, XV, 115).

    Todo este primer aspecto, que decíamos centraba la prudencia en una conciencia moral de gobierno, no se queda en una ética natural, de la que Isabel era mujer bien dotada, sino que está anclada en la virtud cardinal cristiana, infusa por la gracia; Isabel es una de esas almas en las que mejor se reflejan los misterios de la gracia en el modo con que se manifiesta el ejercicio constante de la virtud.

    El segundo aspecto, que, decíamos, avanza hasta la explicación sobrenatural en sus hechos, sus éxitos y su buena "fortuna", está en su vida de oración, de contemplación, de ayunos y penitencias con que la sierva de Dios ponía en las manos del Altísimo su Reino, su gobierno, sus empresas, hasta las de menor entidad.

    Es bien cierto que aunque como Reina vivía ocupada en y "absorbida por múltiples y graves asuntos de gobierno", "era dada a las cosas divinas, mucho más que a las humanas", y aquí viene la explicación que recogemos y que tanto hemos procurado contrastar en la riqueza, armonía y coincidencia de nuestra documentación:

    "Por estas oraciones, méritos y santas obras, Dios miró benignamente a su pueblo y al Reino de España, y le ayudo, engrandeció, defendió y encumbró". "Era su vida mas contemplativa que activa" (!). (L. Marineo. Document. XV, 202). Así el Capellán Mayor de su Capilla.

    En la primera ordenación del Reino, en plena juventud de ambos esposos, Fernando e Isabel, en que "a los ojos de los prudentes y sabios, paresçe ser difícile, o poco menos, imposible poderse dar orden en tanta desorden... a todos paresçe ser esto hecho más por la mano de Dios que por obra de hombres humanos". (Diego de Valera. Document. XV, 72-73).

    Münzer, el médico de Nuremberg: "Estoy persuadido de que el Omnipotente ha enviado del cielo a esta mujer, para, en unión con el Rey, levantar a España, de su postración, a la prosperidad.,. porque es religiosísima, piadosa y dulce..." ("mansuetíssima"). (Document. XV, 157-158).

    Concluimos este perfil moral de la prudencia de la Reina Como explicación de los éxitos de su reinado para el bien de su pueblo, que en ella existió, y queda para el presente y para el porvenir, un modelo de despliegue de todos los recursos naturales y sobrenaturales para conseguir un buen gobierno y un encumbramiento de un pueblo en una constante de servicio de Dios.

    II. La justicia

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    Aquella "justicia a todos por igual" ("iustitiae curam, quam. aeque omnibus tribuebat") que de Isabel certificó Cisneros (Document. XV, p. 382), es la que vamos a perfilar, sintetizando mucho, porque la "agenda" y "acta" de la Reina en este punto, es abultada y de mucho pormenor.

    Isabel la Católica fue, para sí, para el prójimo, para el pueblo,

    para la Nobleza y para el Reino, una clásica escrupulosa de la

    justicia. Una primera enseñanza particular para nosotros, como historiadores críticos de Isabel, ha sido el profundizar como en pocos, o quizá ningún caso, en lo difícil y compleja que en la observancia de la justicia hasta el detalle en la gobernación de un Estado. No nos referimos solamente a su administración, a la administración de justicia, sino al ordenamiento total de un pueblo en materia de justicia; al constante examen de la conciencia a que ha obligado a una mente recta y conciencia escrupulosa, el mantener en paz su alma en el trato de sí misma y en el tratamiento de la justicia de los demás; muy especialmente de aquellos a quienes la condición de debilidad y desamparo natural les crea una como congénita inferioridad para su justicia, aun prescindiendo de que convivan con los poderosos, los desaprensivos o hasta los inconscientes de todas las sociedades y comunidades humanas. "Los provezillos (sic) se ponían en justicia con los cavalleros e la alcançaban", que generaliza Bernáldez, cura de los Palacios y observador desde fuera; o desde dentro de la Corte, el joven observador Gonzalo F. de Oviedo: "Aquél tiempo fue áureo e de justigia, é, el que la tenía, valíale": es el colofón de una descripción, de escenografía original, que él contempló más de una vez; el acto solemne de la petición de justicia, nómine et re gratuita, que para los débiles o pobres se tenia los viernes, donde estuviese la Corte, a presencia de los dos monarcas. "Acuérdome verla [a la Reina] en aquel alcázar de Madrid, con el catholico Rey don Femando..., su marido, sentados públicamente por tribunal todos los viernes, e dando audiençia a chicos e grandes, quantos querían pedir justicia"... "He visto que, después que Dios llevó esa santa Regina, es más travajoso negoçiar con un mozo de un secretario, que entonces era con ella e su Consejo, e más cuesta: oficio es del mundo que ninguna cosa esté en su ser". (Document. XV, 115 y 125-126).

    Este recuerdo y desahogo de Oviedo se completa con otro dato de ampliación. Tenía la Reina prevenido a los del Consejo Real que en cuestiones árduas, terminado el Consejo, y retirado el Rey, se quedasen con ella, "y les tornava a dezir: yo os encargo las conciencias que mireys esos negocios como si fuessen propios míos y de mis hijos".

    Este recuerdo del alcázar de Madrid puede repetirlo cualquier testigo en cualquier ciudad donde estuviese aquella corte ambulante, En Sevilla lo recuerda y escribe Pulgar con detalles muy semejantes. Revuelta ciudad aquella en las primeras competencias entre los dos señores de Andalucía, el duque de Medina Sidonia y el marqués de Cádiz. Reconciliar y poner de acuerdo a aquellos dos magnates es uno de los más señalados recuerdos de aquella su "divina manera de gobernar". Pero fue más difícil componer las querellas y agravios de justicia en vidas y haciendas de los subalternos y partidarios de uno u otro de los dos caudillos. Por esta razón, también la recuerda en Sevilla Pulgar, sentada pro tribunali "en una gran sala de sus alcázares" en audiencia pública de los viernes recibiendo incontable multitud de agraviados. "E luego mandava facer a todos los querellantes cunplimiento de justicia, sin dar lugar a dilación"; si la causa del agraviado exigía más tiempo, exigía de los del Consejo que en tres días estuviese resuelto todo: "dentro de terçero día alcanzase justicia el agraviado". Y así "en espacio de dos meses" resolvió los más de los agravios y querellas. "Con estas justiçias que mandava executar, era muy amada de los buenos e temida de los malos".

    Pero el orden público y de justicia de Andalucía tenía más hondura y extensión. Los malhechores "eran en gran número"; algunos huyeron de la justicia de la Reina a tierra de moros o a

    Portugal; y aun así, “pocos avía en la çibdad que careçiesen de culpa"; y ante tan "'gran número de culpados" "ovieron su acuerdo de suplicar a la Reyna por perdón general para todas". Se consultó este acuerdo con el obispo de Cádiz, don Alonso de Solís, que era provisor del cardenal Mendoza, arzobispo entonces, de Sevilla. Pareció que ya no se podía extender a tantos culpados una justiçia que, en buen gobierno, necesitaba la clemencia como escarmiento mejor para instaurar el orden. La Reyna, reunido el Consejo Real, publicó un perdón general a los malhechores de la ciudad de Sevilla "e de su tierra e arçobispado". Importante el hecho en sí; pero hubo algo que la Reyna entendió no estaba en su mano perdonar, sino en la de Dios: la restitución por robos. Esta era la cabal formación moral de su conciencia. Por tanto, el perdón no eximía de "que fuese restituído qualquier robo, doquier que lo hallare la persona que fue robada, en cualquier tiempo o en poder de qualquier persona que fuese hallado". (Pulgar, Crónica, edic. Carriazo, cap. LXXXIX, tomo I, 309-311 y 316).

    Por ello resume Pulgar en su semblanza de la Reina: "Era muy inclinada a fazer justiçia, tanto que le era ymputado seguir más la vía de rigor que de la piedad". Pulgar añade la razón: "Esto fazia por rremediar a la gran corrupçión de crímenes que halló en el rreyno quando suçcedió en él" (Document. XV, 83).

    Por haber leído aisladamente este texto algunos comentadores, juzgaron rigurosa a la Reina en la administración de justicia, a pesar de la apostilla de Pulgar. Pero juzgaron del reinado por sus principios antes de restaurar el orden público; y no llegaron a ver lo que sucedía en la normalidad posterior. Así, desconocen otro texto que abarca ya el reinado entero; más autorizado aún que el del mismo Pulgar, a quien reputamos veraz, como cronista y como secretario particular de la Reina. El texto de que hablamos pertenece a un Consejero Real que intervino en la administración de justicia de un modo directo y observó desde dentro a la Reina personalmente en su proceder. Este, dice: “Utebatur ita pietate, ut iustitiae báculus non deesset; has enim virtutes, ad invicem colligatas habebat, iuxta Gregorií disciplinam. In ambiguis autem rebus, potius ad misericordiam quam ad iustitiae rigorem declinabat; quod nos saepenúmero experti sumus". (Documentación, XV, doc. 1.836, p. 241).

    Entre tantos otros datos que hemos visto sobre este punto, hemos valorado más el de este miembro del Consejo Real, que sobrevivió a la Reina y lo escribió después de la muerte de ella. Pero es que el dato coincide con toda aquella documentadísima justicia positiva de la Soberana. Podríamos admitir que, entre el dato de Pulgar (hacia 1477-1480) y el de este Consejero Real (1512?), se habría afinado mucho el espíritu de la Reina. Lo que aquí se ve con la evidencia que puede alcanzar la certeza moral de la Historia, es que lo que había fundamentalmente cambiado, eran las circunstancias de un Reino en orden; aquellas circunstancias del principio del reinado en desorden, que Diego de Valera dice parecía "ser difícile" de restaurar, “en los ojos de los prudentes e sabios" y que atribuye a la ayuda de Dios el haberse podido superar por los dos jóvenes monarcas: "entonces nuestro Señor enbia los remedios quando los hombres no esperan verlos"; "por tal manera, que a todos paresçe ser esto hecho más por la mano de Dios que por obra de hombres humanos" (Document. XV, 72-73). Valera podía justamente conocer que los remedios no fueron tan rigurosamente personales de los Reyes, y que las leyes sobre la restauración del orden público de Castilla, con sus discusiones previas, están en las Cortes de Madrigal de 1476 y, sobre todo, en las Cortes de Toledo, de 1480, de las que también dijo otro colega como cronista, y miembro del Consejo Real de fecha posterior, Galíndez de Carvajal, que aquello "pareció obra divina”

    El caballero de Medina del Campo, Alvar Yáñez de Lugo "natural de Galizia".

    Esta justicia, que no mira tanto al castigo del delincuente, como a la defensa del inocente, y, más que a lo uno o a lo otro, al orden y a la paz que es fruto de la justicia, tiene en la Reina, aún joven, un celebrado suceso. Ocurrió en Medina del Campo y pertenece a los primeros tiempos de la guerra de Granada. Podría datarse hacia 1484.

    La esposa de un caballero principal de Medina, "muy honesto, rico y honrado" que había desaparecido sin poder ser hallado, acudió personalmente a la Reina que se hallaba en esa villa castellana, juntamente con el Rey. Esta mujer, "con muchas lágrimas, recontó la pérdida de su marido". Los Reyes pusieron en movimiento a sus "justicias", que hallaron a los delincuentes y averiguaron el hecho insólito: se trataba de un homicidio. El autor era el caballero Alvar Yáñez de Lugo, con un notario público por cómplice. Este Alvar Yáñez proyectó apoderarse de la fortuna del dicho caballero de Medina, hombre "rico"; para lo cual hizo él mismo una escritura en virtud de la cual, "todos los bienes y hacienda de aquel hombre le pertenesçían de derecho". Para autorizar esta escritura, llamó a un notario público, el cual, o por ligereza o por amenazas de Alvar Yáñez, lo realizó como se le pedía. Después, para librarse del así despojado por la escritura, le hizo matar y le enterré en el corral de su casa.

    Este es el hecho que fue a inquirir la esposa del muerto, acudiendo a la Reina.

    Descubierto así por la justicia, Alvar Yáñez fue condenado a muerte en juicio. Entonces el condenado, que era también hombre rico, ofreció por su vida a la Reina "quarenta mil doblas, en oro" para la guerra de Granada. La oferta pasó al Consejo Real, y hubo consejeros que se manifestaron partidarios de aceptarla, pues había gran necesidad de dinero para la guerra, que, por otra parte “era tan santa y tanto necesaria”. "Fué consultado sobre esto con la Reyna". Esta, no lo consintió. Rechazó la oferta, "prefiriendo la justicia a la pecunia". "Prudentísimamente los rehusó los dineros. Pero la condena en juicio incluía la confiscación de los bienes del condenado, que pasarían a la hacienda Real. La Reina, entonces, para dejar enteramente limpio el juego de la justicia, y "evitar toda nota de avaricia", no tomó los bienes confiscados, "antes de todos hizo merced a los hijos del dicho caballero" despojado y muerto. El hecho produjo honda impresión en el Reino. (Documentación, XV, 209-211, L. Marineo Sículo. Pulgar, Crónica, edic. Carriazo, c. CXVII, tomo I, p. 429).

    De esta justicia a todos por igual que encabeza este nuestro apartado sobre la JUSTICIA, un hecho define a la Soberana, cuando todavía Cisneros no estaba en la Corte, ni era confesor. El relativo al destierro a Sicilia del hijo mayor del Almirante de Castilla. Nadie presumiera que la Reina Isabel adoptase posturas de esta índole con el Almirante mismo, uno de los puntales del Reino, a quien tanto debía ella misma. Menos aún, siendo el Almirante tío carnal del Rey don Femando, hermano de su madre doña Juana Enríquez.

    Una discusión de muchachos por cuestión de damas en una fiesta de palacio en Valladolid: el hijo del Almirante, mozo de veinte años, y el joven señor de Toral, Ramiro Núñez de Guzmán.

    Las amenazas que ambos se hicieron, determinaron a la Reina a separarles de todo trato por algún tiempo; el señor de Toral, ingresó en prisión; el hijo del Almirante, fue confinado en casa de su padre; pero este noble mozo, no se resignó al confinamiento y huyó. La Reina entonces sacó de prisión al otro joven, dándole un seguro Real contra todo daño o injuria. Un seguro Real era inviolable. Fiado en él, Núñez de Guzmán paseó por la plaza de Valladolid y allí sufrió una agresión de tres enmascarados. La Reina reaccionó contra esta violación de su seguro. No dudó de que se trataba del hijo del Almirante, y tomó un caballo ella sola, sin guardias, y galopó a Simancas, en cuyo castillo podría estar escondido el noble agresor y violador de su seguro. El castillo era del Almirante; la Reina le pidió la entrega de la fortaleza; y no vaciló en pedirle también la misma fortaleza de Rioseco, feudo de los Almirantes de Castilla, ciudad natal de la madre del Rey Femando. El Almirante entregó a la Reina las fortalezas pedidas. Pero el mozo no apareció en ninguna de ellas.

    El Almirante pudo observar por tiempo que la Reina le miraba con enojo, considerándole como ocultador de su hijo. Y un día se presentó a la Reina con el muchacho y se lo entregó. La Reina le envió preso al castillo de Arévalo. Días después cedió, por no dar nota en el Reino teniendo en prisión a un hijo de tal padre y primo del Rey. Le conmutó la pena de prisión por la de destierro a Sicilia, dominios del Rey su esposo Fernando de Aragón; prohibiéndole, en todo caso, entrar en Castilla. Este hecho que detalla mucho Pulgar (Crónica, 1, 441-444), está documentalmente relacionado con la venida a Castilla de Lucio Marineo, Sícula, traído por el ya maduro y escarmentado heredero del Almirantazgo de Castilla, como una aportación del espíritu del Renacimiento italiano a la cultura española; pudo el Sículo en Castilla ser protegido del Almirante y obtener así una cátedra en Salamanca. Pero la Reina, le llevó a la Corte, como preceptor de los "mozos de capilla", asentado en las nóminas de la Casa Real.

    Este gran hombre de Iglesia nos ha legado los trazos más sabrosos de la vida espiritual de la Reina en su vida privada. (Documentación, XV, doc. 1.830, PP. 195-213).

    Ahora bien, esta galopada de la Reina a Simancas en busca de tan noble violador de su seguro, con un fuerte temporal de lluvias, arrancó en el siglo pasado al jurista aragonés Joaquín Costa, unas expresiones de sublimación que de no tratarse de este autor, las creeríamos salidas de una exacerbada fantasía poética: para Costa Isabel "es la encarnación de la justicia, potenciada hasta el punto de alumbrar una nación heroica". "No hay, ni en el mismo mundo del arte, figura que encarne y simbolice tan hermosamente la justicia en acción.,. animando con una centella divina el alma humana y trasfigurándola, como la adorable figura de esta mujer". "Ni el Cid ni D. Quijote, añade, ni todos los símbolos de justicia que en el mundo ha habido... sin duda ninguna se acercan, pero sin igualarlo en color, en realismo, en movimiento y plasticidad, a aquel esplendoroso minuto de la vida de la gran Reina". (Documentación, XVI, doc. 1.923, pp, 207-209).

    A estas alturas de la cronología del reinado, en que ya la Nobleza estaba convencida más que abatida, respecto de sus excesivas prerrogativas sociales frente al pueblo, sólo a un noble joven de veinte años, se le podía ocurrir que su condición de heredero del Almirantazgo de Castilla, podía permitirle altercados en palacio y violar un seguro Real. El hecho de la energía de la Reina en este caso, no significa solamente el sentenciar en justicia un hecho singular e individual. Significa, ante todo, el mantener en alto aquella nueva justicia instaurada en el Reino en cuanto al equilibrio de las clases, cediendo la Nobleza en beneficio del pueblo.

    Lo que sorprende en la Reina, es haber conseguido hacerse

    temer y amar de los mismos poderosos abatidos, por una fuerza de convicción de las razones y una dulzura en el trato que se hizo proverbial entre sus coetáneos y en la historia posterior. La Reina se hizo amar de su pueblo. Esta conjunción de amor y temor, tan rara en la vida humana, ha sido subrayada por los más de aquel selecto grupo de escritores que sintieron la atracción de aquel reinado; pero singularmente expresada por algunos de aquellos poetas que no hicieron sino rimar la densidad de su pensamiento y alto sentido de las cosas. Juan del Enzina dirá simplemente de Isabel, en un solo verso del romance de la rendición de Granada:

    "la más temida e amada”.

    Pero otro poeta, de densidad de pensamiento, analiza y busca esta conjunción en una semejanza de Dios; como por don divino:

    "Una cosa es de notar

    que mucho tarde contesçe:

    hacer que temer e amar

    estén juntos, sin rifar,

    por questo a Dios pertenesçe"

    (Document. XV, 398 P. de Cartagena; Enzina, 477).

    La justicia y la misericordia.

    El vencido en guerra.

    Hemos dedicado páginas a la justicia aplicada al delincuente común en la paz. Una, al menos, a un hecho sobresaliente, que es también una constante en la Reina: la misericordia y el perdón al vencido.

    Y en esta constante, destaca, en la juventud de la Reina, en el principio mismo de su reinado, el perdón al vencido en contienda civil e internacional para reincorporarle a la vida normal dentro de la misma sociedad castellana, e, incluso, a las tareas del gobierno o de la administración. Este es el caso del perdón a los vencidos en la guerra de sucesión al trono; la cual fue contra el invasor de Portugal en Castilla, al que se le unen unas facciones de Nobles castellanos con el arzobispo de Toledo Alfonso Carrillo. Esto, en lenguaje de código y de tribunal, se llama traición, por más que responda, acaso, a una convicción, errónea o no. Pero este fue el hecho. Pues bien, una de las tareas prolongadas, de gestión interminable, por tratados de paz, fue la del perdón y reincorporación efectiva de aquellos nobles y de aquellas mesnadas de guerra. En ellas no se hizo una justicia militar, al modo moderno; que tampoco era usual en aquellas monarquías que tenían de la guerra un sentido más humano. Esto no sería original en la Reina de Castilla; lo que sí fue característico de ella, es la amplitud y la especie concreta de aquel perdón y reincorporación a las tareas mismas de gobierno; de devolución de los bienes confiscados; de normalización de relaciones y de una completa pacificación de los espíritus. Podríamos decir, que entre 1477 y 1480 no quedan ya banderías ni facciones en aquella Castilla que Isabel heredó dividida en incisiones profundas. Es un caso claro de buena política y de humanidad, cual pueda tenerla un buen gobernante sin más precisiones de virtud. Pero toda su larga gestión, con prolija documentación en tomo a unos tratados internacionales con Portugal, a la promulgación de un perdón general en Castilla y a unos actos ejecutivos de ese perdón en pactos y acuerdos individuales, llenan esa documentación de un lenguaje en el que alienta una magnanimidad sin paralelo. Todo ello pertenece a la juventud de la Reina. Los 24 a los 27 años de edad.

    la justicia para con sus súbditos.

    Tratemos no ya de la justicia procurada de unos súbditos para con los otros, sino de la justicia que ella cumple, de si misma, para con los demás. En primer lugar, de la justicia para con el Reino y en la distribución de mercedes.

    A) Uno de los problemas más finos de justicia, resueltos en las Cortes de Toledo, 1480, es la recuperación del patrimonio Real en las Declaratorias de las Cortes. (Documentación, tomo VII). Se trataba de quitar y dejar en justicia para recuperar el patrimonio del Reino. La obra es tan personal de la Reina, que las Declaratorias llevan su firma con la del autor material de la fijación de partidas: fray Hernando de Talavera, su confesor. Las dos firmas solas; históricamente solas en aquel documento.

    B) Nuevas mercedes excesivas o no justas. Las reúne en un memorial, o "carta firmada de mi nombre". Dice que fueron hechas "por neçesidades e ynportunidades", "las quales no emanaron ni las confirmamos ni fezimos de mi libre roluntad, aunque las cartas e provisiones dellas suenen lo contrario". ¿Qué significa este inciso testamentario de la Reina de Castilla? Entre otras cosas, un toque de atención al avisado historiador al formar un juicio de valor sobre la documentación oficial, al menos en materia de mercedes. El documento oficial suena así, pero "no emanaron de mi voluntad". La cuestión tiene gravedad histórica y moral acerca de cómo sucedían algunas cosas; y también para un estudio de la conciencia de la Reina, al reunir algunas de ellas. en "carta firmada de mi nombre" para revocarlas por cláusula testamentaria.

    Esto significa también que el gobierno discurría por cauces institucionales como fuente de derecho; los cuales la soberana podía reformar, usando para ello, ese "poderío absoluto' que le reserva al monarca la legislación de Castilla desde Alfonso el Sabio, para proceder en algunos casos como fuente de derecho. ?oderio que la Reina no usa ni emplea de ordinario en el gobierno ni en las leyes. Y que para anular esas disposiciones de derecho, tiene que usarlo, como aquí lo usa por una razón: para restaurar una justicia, que personalmente ha apreciado ella, frente a esas fuentes de derecho. Nadie pudiera reprocharle este uso de una atribución, si lo hace en el lecho de muerte y ante el notario de su testamento. La ocasión es propicia y no será de hecho discutida por nadie, a fuerza de solemnidad de la ocasión y del poder intrínseco de las razones formuladas por ella sola al sancionar la justicia. (Testamento, en Document. XXIV, doc. 2.961, p. 27 de la transcripción).

    Una de estas mercedes en particular:

    El marquesado de Moya y los sesmos de Segovia.

    En la cláusula siguiente, como cuestión especial dentro de la. general de revocación de mercedes por el testamento, se trata. de la merced de alto rango otorgada a don Andrés de Cabrera y a doña Beatriz de Bobadilla, marqueses de Moya, titulo crea do por la Reina para este matrimonio. Esta, no se revoca. Se modifica.

    La importancia del asunto en sí, sus verdaderos términos y motivaciones, nos han obligado a presentar los cuatro documentos más importantes emanados sobre este asunto, el 423 al 426 en el tomo VI de la Documentación, precedidos de un breve y apurado estudio sobre la cuestión. El 426 son estas mismas cláusulas XIII y XIV del testamento de la Reina, separadamente de él.

    Para una comprensión del asunto tenemos que remitir a las

    páginas 195 a 218 del tomo VI, donde se presentan estos documentos y el estudio que les precede. Porque en virtud de ellos

    tenemos que afirmar, en este punto, la justicia personal de Isabel la Católica. Bien entendido que no se trata de una justicia que la Reina hace tardíamente en el lecho de muerte en 1504, enmendando una “injusticia” de 1480 en las Cortes de Toledo, ya pedida por los procuradores de las Cortes de Madrid de 1478; sino de una justicia hecha por los Reyes con los procuradores de las Cortes, en 1480; como dicen los monarcas a una reclamación del Concejo de Segovia en 29 de junio de 1480 "Fue con mucha deliberación y consejo... y, sanamente y can buena conciencia lo podemos fazer". (Estudios Segovianos, n. l6-17, 254-255).

    El sexmo de Valdemoro y el de Casarrubios en tierra de Segovia, era el situado provisional y no definitivo, "en empeño"

    temporal y no permanente, de la alta merced otorgada al matrimonio Cabrera-Bobadilla por un alto servicio, deliberado en Cortes.

    Los Monarcas tenían prometido a Segovia que no situarían mercedes en sus términos y sexmos.

    En tantos años, la provisionalidad y "empeño" temporal, debieran haber sido ya realizados, si circunstancias o dilaciones. de la administración (el Consejo), o del poder legislativo (las Cortes) no lo hubieran retardado. En descargo de estos organismos valga todo lo que sucedió, en tensiones y pleitos, al tratar posteriormente de cumplir esta cláusula XIV del testamento da la Reina.

    La Soberana aquí, en su memorial testamentario de revocación de mercedes, no dice que esta merced a los Cabrera se hiciera contra su voluntad, como las otras contenidas en su "carta firmada", sino expresamente declara que estas mercedes a este matrimonio, "emanaron de nuestra voluntad", "e las fezimos por la lealtad con que nos sirvieron para aver e cobrar la suçesión de los dichos mis regnos, segund es notorio en ellos", y, por supuesto, en las Cortes de Madrid que lo pidieron y en las de Toledo que lo sancionaron (Testamento, íd. id.).

    Ahora bien, lo que sí es su voluntad es que cese esta provisionalidad: "para que los tuviesen çiertos annos, en prenda de otros tantos vasallos”. Pero "ni nuestra voluntad, sigue la cláusula del testamento, ni yntención fué de los enagenar de la dicha çibdad". En este inciso sí da a entender que aunque la provisión Real definitiva de 20 de julio de 1480 (doc. 425), suene otra cosa, su voluntad fue de otorgar la merced a título de empeño temporal. "sino por empeño fasta les dar otros vasallos". (Remito a mi citado estudio, en el tomo VI de la Documentación, PP. 195-199 sobre las motivaciones de la redacción definitiva de la provisión Real). Todo ese hecho y sus motivaciones, es lo que ahora corrige la Reina, aun tratándose de una provisión Real tratada y preparada en las Cortes; usando para ello, el poder que ella tiene por derecho para tornar en solitario esta decisión, en una cláusula testamentaria que funda derecho en Castilla, y es la base de la reclamación posterior de Segovia hecha ante los tribunales.

    Porque la Reina, especifica que el situado de Segovia, debe sustituirse por otro situado equivalente en tierras y "en otros lugares e vasallos de los que avernos ganado en el dicho reyno de Granada”.

    Esto es lo que nos ha parecido resumir de los cuatro documentos y estudio dichos, para fijar con equilibrio y justicia histórica nuestra conclusión de que la JUSTICIA de Isabel en este caso, no es una retractación, en 1504, de una injusticia hecha en 1480; sino una atribución justa ejercida, para el otorgamiento de una merced, en julio de 1480 en las Cortes de Toledo.

    No queremos decir que Isabel la Católica no pueda haber tenido errores o equivocaciones, a pesar de su escrupulosidad de conciencia, en materia de justicia; sino que en este caso, no hubo error en 1480 que se enmiende en 1504; sino una cuestión clara de atribuciones de justicia, en una y otra decisión, de una y de otra fecha. Que, para nosotros, ha podido presentarse aquí este caso, como uno de los eslabones más notados en que se engarzan los grandes y numerosos casos de justicia que jalonan, aquí y allá, los tomos de nuestra Documentación.

    En este mismo orden de la JUSTICIA que en sí propia cumple la Reina para con los particulares, en su oficio de Reina y en su condición de persona privada, están las innumerables partidas de

    satisfacciones de justicia que constituyen la ya dicha Audiencia de los descargos, original organismo que surge en la administración por ese alto y minucioso sentido de la justicia de la Reina Isabel para con los demás, sin distinción y hasta el límite del escrúpulo; nos decidimos a decirlo con reservas: es el escrúpulo de conciencia en materia de justicia de rey a pueblo, presidien. do la administración e incrustando en ella el nuevo organismo que funda y dirige el ajustado y exigente confesor; es un a modo de tribunal para sí misma. Organismo que le sobrevive en la administración española; pero hay algo que no le sobrevive: el "Libro de los descargos de la conciencia de la Reyna nuestra Señora” que dio carácter específico a la Audiencia de los descargos en su tiempo. (Amalia Prieto, Casa y descargos..,, 7-11).

    No es solamente este organismo ni sólo estos legajos de la Gasa Real el argumento de esta sorprendente justicia de Isabel la Católica. Es su propia tesorería, cuyas partidas innumerables quedaron en otros fondos de Simancas: la Contaduría, con las partidas del tesorero Gonzalo de Baeza, (D. tomos XXV y XXVI), que son las cuentas de este tesorero de la Reina; y las no presentadas, sino en alusiones o pequeñas partidas, del tesorero Sancho de Paredes. Y son también las incontables partidas de justicia, mezcladas con las de caridad y merced, que abultan los libros de Cédulas de la Cámara, también en Simancas, de las cuales son un ejemplo, en pequeño, los abultados tomos XIX y XX.

    La sorprendente nómina documental de las pequeñas justicias de esta Reina, pueden dejar ya en libertad y soltura la pluma no ya del historiador de oficio, sino de los escritores, oradores y poe-tas,.. Nada de cuanto escriban en esta materia puede ya computarse como exceso de la fantasía o como recurso para embellecer y acreditar páginas para el público. Tiene más calor la realidad escueta de esa nómina documental, que el añadido de la Idealización.

    Los derechos humanos: un nuevo derecho de gentes

    Una genética histórica y biográfica no puede sorprendernos ya con esta última formulación del entrañable sentido de la justicia en más altas esferas humanas. Todo lo sintetizado aquí no nos ha llevado todavía al fondo del alma de la sierva de Dios donde anidaron los misterios de aquella justicia entrañada en su ser. Remontarse sobre la teología de su tiempo con un aliento que, observado con superficialidad, pudiera parecer audacia; anticiparse con intuición más que humana, si nos es licito hablar así, al derecho de gentes no formulado hasta veinticinco años después de su muerte, es tema y asunto en el que no solemos ver empeñada a la soberanía del tiempo, sino solamente a los santos; esos hombres o mujeres que acreditan en sus vidas heroicas tener nada puesto a rédito en este mundo.

    La providencia de Dios puso en manos de esta Reina sin paralelo en los umbrales del Renacimiento, extensos grupos humanos en inferioridad de civilización: las Canarias y las Indias Occidentales, las Américas. Respecto de las Canarias, todavía podrían respaldar la justicia humana y cristiana de la Reina las bulas de los Papas, Eugenio IV principalmente, que inauguraban un nuevo estilo pontificio en la calificación de los aborígenes; nuevo estilo inasimilado todavía por la inercia de un poderoso impulso anterior de la teología, del derecho y de todas las corrientes ideológicas de las ciencias humanas en la Europa del siglo xv. La propia fuerza interior de la Reina, que en su acción de justicia humana en favor de los canarios, parece tener en si misma el motor de tan complejas acciones y providencias como jalonan esa primera etapa de constitución humana y jurídica de las Islas (Documentación, tomo XIV entero) es la que llega a implantar en ese grupo humano de civilización, un nuevo concepto del derecho de gentes.

    Pero en las Indias, América, todo es nuevo y original. No existe un respaldo teológico que le haga caminar por fáciles caminos abiertos. Colón y los primeros descubridores, nunca hubieran organizado el comercio de esclavos indios, si hubieran tenido en contra la teología y el derecho; más aún, si hubieran imaginado un fundado enojo de la Reina. Todo les parecía natural, conforme a las ideas de su tiempo sobre la esclavitud en función. de la civilización y de la cristianización.

    Y no es que aquí lo hiciera todo la afinada sensibilidad de la Reina, humana, justiciera y mujer; que en su misma sensibilidad estaba un problema menudo, pero árduo de sensibilidad: el de las corridas de toros, de que trata con su confesor Fray Hernando de Talavera, como un problema más; y sin embargo asegura que el suprimir ese espectáculo, '¿no era para mí sola".

    Pero sí fue para ella sola, el problema ingente, de alta dimensión universal, de la LIBERTAD de los aborígenes indios, aun cuando no fueren cristianos; antes dc convertirse y aunque no se convirtiesen; por el solo concepto de súbditos de la Corona, en IGUALDAD de condiciones a los súbditos de Castilla.

    Sólo esa especie de divino temor y amor pudieron afianzar en los demás, no ya una sumisión a la nueva genialidad de la Reina, sino un principio de convicción de los espíritus cultiva' dos, que hizo de la imponderable medida, una aceptación sin reservas, sin suscitar contiendas enojosas en las esferas del pensamiento español de 1493. No se sorprenda la ciencia del derecho si va a ser española, veinticinco años después, la formulación del derecho de gentes en Salamanca primero, por los dominicos Soto y Vitoria, y en todas sus universidades después; ni de que sea también española la defensa de este derecho en un terreno misional y popular, ardiente y desmedido en la forma, en el gran admirador de la Reina Fr. Bartolomé de Las Casas.

    Esta anticipada formulación de la Reina, en Instrucciones y Provisiones Reales (primeras leyes de Indias), no se redujo a cortar el comercio de esclavos indios de los dos primeros viajes del descubrimiento de Colón, sino a sanarle en su raíz y en sus mismos hechos iniciales, dando la vuelta al hecho consumado, hasta la devolución de los primeros esclavos ya vendidos en Andalucía. Remito a los puntos ya tratados en la Síntesis biográfica.

    Este tratamiento que dejamos hecho a la cuestión, nos permite poner aquí punto final a este perfil moral de Isabel la Católica en materia de justicia, con el punto supremo de esta profunda temática: el del derecho a la LIBERTAD, dimanante de un concepto de la dignidad humana y antes de añadir los conceptos de la dignidad cristiana que vendrían después, con la conversión de los indios de América al cristianismo.

    Si una coherencia total de la vida moral de la Reina Isabel, permitiere a la Iglesia poner a esta sierva de Dios en los altares, quedaría en el candelero del mundo esta inicial proclamación de derechos humanos por una santa seglar de la Iglesia. Y que cualquiera otra declaración y propaganda de estos derechos que se hiciera en la Edad Moderna, no podría ya pretender la originalidad, ni menos la primacía en esta soberana declaración por uno de los espíritus más cultivados y sobrenaturales forjados en el seno de la Iglesia.

    III. Su fortaleza

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    No hemos encontrado abandonos ni desmayos en el camino emprendido por la Reina en los asuntos particulares que reclaman la constancia de toda obra empezada y terminada. No lo son, sino más bien, al contrario, los estados de ánimo cuando una serie de desgracias familiares, una detrás de otra, abatían su corazón de mujer y de madre y comprometían el futuro sucesorio de un Reino cuyo encumbramiento tanto le había costado. En la muerte del hijo único varón y heredero del Reino, sólo se notaba en los dos monarcas, padres atribulados, en las reuniones oficiales del Consejo que, a veces, levantaban los ojos de la mesa para mirarse el uno al otro, como si cada uno quisiera espiar los sentimientos y la resignación del otro.

    En un orden general, toda aquella ejecución, paso a paso, de la gran programación arquitectónica y coherente de aquel sobrehumano reinado, exigió una perseverancia y constancia difíciles de superar. "El resurgimiento operado se debió a una laboriosísima obra de gobierno... obra grandiosa, justamente por haber sido perseverante en su necesaria lentitud". "Los edificios que se levantan en un instante y por un artífice único, son sólo los puentes del diablo; las grandes obras de Dios cuestan mucho trabajo y tiempo a los hombres". (M. Pidal. Document. XVI, 346).

    En el orden del detalle, solamente dos hechos característicos quisiéramos señalar para definir en síntesis, la fortaleza de espíritu de que Dios dotó a la sierva de Dios, tan reconocida por su confesor Fr. Hernando de Talavera, bendito el que ge la dió" (Mernorid para la Reina, Simancas, Estado-Castilla, Leg. 1/2, fol..81. Documentación, XV, 368).

    El primero, pertenece a sus años de primera juventud y de princesa, 18 de edad. Se refiere a los meses que pasó en Ocaña entre su declaración como heredera en Guisando (set. 1468) y las Capitulaciones matrimoniales con Femando de Aragón, enero 1469, y algunos más hasta su salida de Ocaña para reunirse con su madre (mayo del 69). Es uno de los puntos más documentados, y estudiados en anotaciones, de nuestra Documentación, parte del tomo IV y todo el tomo V.

    Aquella deliberación matrimonial de la Princesa, en la que fue objeto de toda clase de amenazas del Rey, su hermano, y de los Nobles en cuyo poder estaba y que quisieron mediatizar e imponerse a la princesa por toda clase de medios. Aquellos meses, en un casi confinamiento en Ocaña, aislada de sus mejores consejeros; casi en soledad, resolviendo por sí misma tan arduos problemas y situaciones, hasta hacer triunfar la postura de la sensatez, nos han dejado la impresión, documento a documento, de una de las más duras pruebas a que pueda estar sometida una joven de dieciocho años, heredera de un trono y objeto directo de intrigas de partido. Afirmamos nuestra impresión de estar superando la princesa una situación que le exigía una fortaleza y constancia heroicas, si no nos fallan nuestros conceptos sobre lo que pueda ser un heroísmo en materia de virtud.

    El segundo, pertenece a la empresa de la recuperación del reino de Granada; de un territorio nacional organizado por los musulmanes, y de recuperación de un nuevo Reino, antiguamente cristiano, de nuevo para Cristo. La fortaleza que esto exigió, nos recuerda que sólo un rey santo, Fernando III, entre tantos soberanos de Castilla como le' habían precedido, fue constante para recuperar el reino desde Toledo a Sevilla; fronteras, que desde el siglo XIII de san Fernando, heredó linealmente Isabel en los años finales del xv.

    La dureza y prolongación de aquella empresa lo haría suponer. El rey Fernando, en una empresa de Castilla como era esta, condujo la guerra con un denuedo de rey joven y de extraordinaria dotación de virtudes bélicas y políticas. La Nobleza y las Ordenes Militares, borradas las antiguas divisiones y contiendas intestinas, lograban una sorprendente unidad en torno a la Reina Y a pesar de toda esta fuerza interior, hubo en la guerra de Granada, convertida en cruzada por las bulas de Sixto IV y de Inocencio VIII, momentos de desaliento general. La solemnidad del juramento con que Pulgar lo atestigua en su crónica, nos recuerda sólo otro caso de solemnidad semejante cuando afirmó que la sola presencia de la Reina, como una aparición, sobre el cerco de Baza, produjo la entrega de la ciudad por negociación, sin estruendo de armas. Pues bien, Pulgar en este caso dice, refiriéndose al desaliento general en otras ocasiones de la guerra: "Decimos verdad ante Dios, que supimos e conocimos de algunos grandes señores e capitanes de sus reynos, que, cansando, pendían toda. su esperanza para poderse ganar, considerando la dificultad grande que había en poderla continuar. E por la gran constancia de esta Reyna, e por sus trabajos e diligencias que continuamente fizo en las provisiones, e por las otras fuerzas que, con gran fatiga de espíritu, puso, dio fin a esta conquista, que, movida por la voluntad divina pareció haber comenzado”. (Documentación, XV, 85).

    Sólo casos y jalones podemos enumerar aquí, que sirven para entrever, esa constante biográfica de su fortaleza en el comienzo, desarrollo y terminación de tanta variedad de empresas difíciles, como la documentación presenta coronadas por el éxito.

    IV. Templanza

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    1) Consigo misma. 2) Procurándola en sus súbditos, por ejemplo, por consejo y por pragmáticas.

    Queda muy documentada esta constante de vida y reinado. Una infancia y primera adolescente en la sobriedad de vida de Arévalo, al lado de su madre, alejada del lujo, delicias y esplendideces de todo orden que rodea a una Infanta en la Corte. Para Infanta, se crió en la austeridad.

    De Reina, esta sobriedad y austeridad de su propia vida tiene que salir del contraste con las exigencias de la soberanía.

    Conocemos cómo era su persona en el vestir, en el comer, en las fiestas de todo orden, especialmente para atención de embajadores o de tratados con otros soberanos. La observamos también en las fiestas espléndidas que rodearon el nacimiento del príncipe heredero en Sevilla y su matrimonio en Burgos. Conocemos con mucho más detalle, por cartas autógrafas al confesor, las de la entrega de los condados fronterizos con Francia.

    Y de todo ese conjunto, con discernimiento de las circunstancias, de las conveniencias y de las consideraciones de una Corte, observamos el espíritu interior de austeridad personal, de sobriedad de vida, de ejemplaridad interior en medio de las conveniencias de una Corte, que de por sí, presentaba en el concierto de las cortes europeas, una Impronta de mayor continencia, sobriedad y recato.

    La esplendidez con que recibió a los embajadores de Borgoña, incluso en su atuendo personal, en los principios del Reinado, como una respuesta de conveniencias a una corte borgoñona de boato, contrasta con su sobriedad de presentación, en 1492 a otra corte, la francesa en los tratados y fiestas de Perpiñán.

    Cómo pudiera la Reina presentarse con tanta modestia, propia y de sus damas, en fiestas como aquellas, en su larga estancia en Barcelona, que no era su Reino ni tan conocida personal-mente, en el recibimiento a Colón en el palacio de Tinel, en las Cortes de Zaragoza, ciudad desde la cual nos informa ella misma en carta destinada al confesor para ser quemada:

    "Los trajes nuevos no hubo, ni en mi ni en mis damas, ni aun vestidos nuevos". "Todo lo que yo alli vestí había vestido desde que estamos en Aragón”. "Y aquello mismo me habían visto los otros franceses” (¿los de la comitiva de la princesa de Viana en Zaragoza, agosto de 1492? Así parece). "Solo un vestido hice de seda, y con tres marcos de oro, el más llano que pude". Los convites allí: De los convites, "que no sea más por mal y con mal respecto que de los que vos convidais a vuestra mesa". ¿Será posible esto? Fray Hernando sabía estar en la Corte y no aplicar a sus convidados la austeridad de vida de su persona. Pero ¿puede la Reina comparar aquellas mesas de Perpiñán, con las de su confesor en la Corte? Así está dicho por ella en descargo de delaciones que fueron hasta su confesor. "Esta fue toda mi fiesta de las fiestas".

    "Los vestidos de los hombres, que fueren muy costosos, no lo mandé, mas y estorvelo guante pude y amonesté que no se hiziese". "Mi voluntad no solo está cansada en las demasías, mas en todas fiestas, por muy justas que ellas sean". (Documentación, II).

    Este ceder cada vez menos a las conveniencias de la vida de relación, aun con extranjeros, puede considerarse como un progreso en la vida espiritual e interior de la sierva de Dios.

    Lo que más se nota en este paso tan documentado de su vida, es la acción vigilante de su confesor en materia de conveniencias que afectasen a la exigentísima austeridad que imponía a su confesada, con la certeza, confirmada siempre, de que eso podía hacerlo con aquella Reina hasta el máximo de la austeridad en la vida oficial, y en la vida privada.

    "A esta moderación y templanza se ajustaba todo el tenor de vida de doña Isabel" (Clemencín, Illustr. XII,.. p. 310, comentando los textos que preceden).

    Austeridad en e! tenor de vida y mesa de la Casa Real.

    Son diversas, y en distintos tiempos, las ordenanzas que hizo, y nos constan en Simancas, para una reducción de gastos y templanza de toda su Casa. (Documentación, tomo XVII), de modo que no nos sorprende el contraste que señalan al Emperador las Cortes de La Coruña y la Junta de Tordesillas sobre moderación de sus gastos en la Casa Real, atemperándolos al ejemplo de la Reina Isabel, su abuela. (Documentación, XXII, documentos 2.954 bis, 2.955 y 2.956, pp. 187-190).

    Las alhajas de la Reina.

    Historia esta tan traída y llevada, es más verdadera, más completa y edificante, cual sale directamente de la documentación estricta de Simancas, que de la que ha podido tejer la fantasía.

    Las alhajas, de las que toda soberana, propietaria o consorte, acostumbra usar para ornato de su persona, en Isabel la Católica, apenas lucieron en ella; están siempre en la danza y andanza de las casas de empeño, principalmente en Valencia y en Barcelona. En 1495 no se había desempeñado aún nada menos que el collar de balajes, regalo de boda de su esposo el Rey Fernando; esplendente obsequio que la joven princesa recibió en Madrigal, pocos meses antes de su matrimonio en Valladolid; ni la "corona rica" descrita en la Testamentaria. (Tomo XXIII, doc. 2.960-47).

    Las joyas y alhajas eran para ella, no un ornamento de la majestad Real, sino un como depósito y reserva para las necesidades del Reino.

    En Valencia se empeñaron la corona Real, "la corona rica", en 35 mil florines; y el collar de balajes, en 20 mil; que, con otras menores, respaldan el préstamo de sesenta mil florines de la ciudad de Valencia (Simancas, Contaduría, 97; y Clemencín, Ilustr. XII, p. 311). Unos dos millones de reales de vellón, era la equivalencia de ese préstamo, en moneda castellana.

    Estos préstamos se hicieron para la guerra de Granada principalmente, y en ellos interviene fray Hernando de Talavera.

    No fueron necesarias joyas ni empeños de esta clase para la financiación del Descubrimiento de Colón. Que la Reina hablase en 1492 de sus alhajas, si fueren necesarias, para esta empresa, es cosa que admitimos a Fray Bartolomé de Las Casas; pero que de hecho se empleasen, no hay dato alguno en la documentación, y sí los que explican su financiación por otras providencias personales de la Reina y del Reino de Castilla. (Documentación, tomo XIII, doc. 1.519, pp. 3-5).

    Las más de sus alhajas y joyas personales, las reservaba la Reina para bien casar a sus hijas; y, desde luego, asombra, la nómina y lista de las que regaló a Margarita de Austria, cuando vino a casarse con el príncipe heredero, don Juan. Después de este obsequio desbordante, parece no quedarían ya alhajas en los cofres y “arcas secretas"; pero todavía quedaban para otros obsequios y empeños, como si la sierva de Dios tuviera concebido en su mente el ir desprendiéndose en vida de toda esta nómina de sus joyas. Los tomos XIX y XX (Cédulas de la Cámara), contienen aún documentación sobre alhajas; y quedan todavía en la Testamentaría de la Reina, en el abrir de las arcas secretas por el testamentario Juan Velázquez, para ser vendidas en satisfacción, real o posible, de sus deudas, (Tomo XXIII).

    La historia de alhajas y joyas de Isabel la Católica, sin el relumbrón de la literatura del tiempo y de la posterior, sino con el simple y tenue aroma que desprenden de sí los papeles de la Contaduría y de la Casa Real, son una verdadera y ejemplar historia de austeridad y desprendimiento de los bienes de este mundo, en obsequio de su pueblo, del Reino, de sus hijas, de sus damas de Corte.

    La austeridad de! Reino, promovida por Pragmáticas. Leyes Suntuarias.

    La Reina Isabel está en condiciones de ejemplaridad personal y doméstica para legislar la austeridad de las costumbres públicas, sociales, domésticas y personales del Reino. Este es uno de los variados aspectos de la reforma cristiana del pueblo, oscurecida, o menos atendida en la historia, por el gigantesco esfuerzo de la reforma religiosa, o del estado eclesiástico y monacal. Las leyes suntuarias que enfrenan el lujo y el exceso, son siempre difíciles de cumplir, han de ser siempre urgidas y sancionadas; pero obtienen unos frutos de trasformación que van dando carácter a un pueblo. No se trata en estas leyes de una simple cuestión económica en el sistema de importaciones; cuando en la Pragmática de Segovia, 2 de septiembre de 1494 se prohíbe la importación "no siendo para ornamentos de iglesias”, de paños, brocados, raso, oro, plata, paños de oro tirado, "ropas hechas de ello", bordados de hilo de oro o de plata, etc... se especifica que “ni se hagan ropas de estos géneros en el reino". Y que no se dore ni platee sobre hierro, cobre o latón, ni espada ni puñal, espuelas ni jaeces; se da la razón de ello:

    "Es notorio cuánto, de pocos tiempos a esta parte, todos estados y profesiones de personas, nuestros súbditos e naturales, se han desmedido e desordenado en sus ropas e trajes e guarniciones e jaeces, no midiendo sus gastos cada uno con su estado ni con su manera de vivir"...

    Se suaviza la pragmática con una serie de ellas posteriores, admitiendo ciertos adornos de los prohibidos en la citada de 1494, a los que tienen medios de fortuna que se computa por "los que tienen caballo". Lo que se trata en todo esto, es de enfrenar los gastos de aquella sociedad, superiores a su estado y posibilidades económicas, que traían por consecuencia muchas ruinas familiares. Lo de hoy, lo de mañana, lo de siempre. - Es uno de los modelos que nos ofrece con sorprendente profusión, la compilación de Pragmáticas del Reino, hecha por Ramírez, y publicada por vez primera en Alcalá, 1503. Edición rarísima y codiciada, porque restringe a los tiempos de Isabel la colección. Documento este, colección decimos, de Ramírez que descubre anchos panoramas de la profunda reforma e instauración de costumbres públicas y privadas. Clemencín dedicó la Ilustración XII a este punto de la reforma del lujo por leyes suntuarias, por pragmáticas, siguiendo la primera edición de Ramírez de 1503.

    No omitiremos dos de estas pragmáticas relativas a excesos por solemnidades religiosas. Religioso o profano el motivo, el enfrentamiento del exceso es objeto de competencia de pragmáticas para el bien social y económico del pueblo.

    Parece hecha para hoy, o para cualquiera de los tiempos, la de Barcelona, 14 octubre 1493, en la prolongada estancia de los Reyes en aquella ciudad. Se dirige al gobernador de Galicia, D. Diego López de Haro; prohíbe los gastos excesivos en bodas, bautizos, primeras misas, y, también en extremos de casas; lo mismo por parte de los que convidaban, como de los convidados. Prohíbe los regalos de los convidados, exigidos por la costumbre; y limita el número de estos convidados, a los parientes y pocas personas más.

    Es de Madrid, de 1502, 10 de enero, la Pragmática de lutos duelos y funerales. Se prohíbe aquí el vestido de jerga, sustituyéndole por el de lana negra. Ese vestido que ella prohibió en su testamento que se llevase en su muerte; y de que el Rey advierte en todas las cartas que se enviaron comunicando la muerte. Se prohíben las colas o otros excesos de la vanidad. Si en algunos grandes señores llegó el exceso a encender mil quinientos cirios, la Pragmática prescribe para "señores de vasallos", veinticuatro cirios; para los demás, doce. Estos gastos los tacha de “superfluos”, “de que Dios nuestro Seitor no es servido, ni la su Iglesia aprovechada”, "e que esto no redunda en sufragio e alivio de las animas de los defuntos, ca solamente fueron inventadas estas muestras de dolores, por las gentes que no creían haber resurrección general e que las ánimas morían Con los cuerpos". Esta tacha de paganas a las costumbres de exceso con los difuntos, suenan tanto a Pragmática Real como a lenguaje de Sínodo. La Reina sabe que es más difícil convertir en letra muerta una Pragmática que un canon, porque el pueblo conocía del aire ejecutivo del cetro de su soberana...

    Y dejaremos de tratar, sino solamente aludir, las prohibiciones tajantes sobre el juego; no solamente de aquel juego en que se ventilasen fortunas, sino del juego menor que arruinaba familias modestas o comprometía la felicidad doméstica. Solamente una alusión a esta fuerza ejecutiva de la Reina; estaba prohibida también la fabricación o importación de los dados para jugar, y era difícil encontrarlos aun en el secreto de las trastiendas. Y otra, encajada en la Epístola exhortativa de las letras, de Juan de Lucena (Docuntentación, XV, doc. 1.856, pp. 37-38) tratando de la fuerza de ejemplaridad, más que de la coactiva, en los buenos efectos de las difíciles leyes suntuarias o contra el vicio: "Lo que los reyes hacen, bueno o malo, todos ensayamos de hacer...

    ...Jugaba el Rey, éramos todos tahures; studia la Reina somos agora studiantes"... Precisemos. El Rey Fernando estaba, como todo rey u hombre eficaz, en una línea de austeridad humana y regia. Cedía medrosamente a la varonía y al ambiente en materia de juegos, sobre todo después de muerta la Reina; pero no era el exceso lo que en este punto le define; no era tampoco la perfección y el escrúpulo ejecutivo de la regia consorte. No llega a más el recurso de estilo de Juan de Lucena.

    Después de estos perfiles de la moral cardinal tan documentada en la sierva de Dios, pasemos a otros que completen la síntesis y línea general de la moralidad de la Reina.

    V. Humildad

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    Era humilde, mansa, dulce en el trato, educada y cortés en sus modos. Se le destaca así en el contraste de la majestad y el encumbramiento: "Si fuit, quemadmodum vocabant, alta, tamen erat milis, humilis el affabilis"; "piissima, mansuetissima esí", "modestia in rebus", "studium honeste decoreque vivendi"; a sus damas, "virtute et genere nobiles"' "humane tractabat et liberaliter"; "exemplo di vera bontá... di cortesia", "mesurada en la continençia e movimientos de su persona"; "muy cortés en sus hablas". "Honraba a los perlados e grandes de sus reynos en las fablas y en los asientos, guardando a cada uno su preheminençia". "Verla hablar, era cosa divina el valor de sus palabras, con tanto peso e medida". "Tan sobre bondad compuesta, que nunca demasiada palabra alguna se halla haberle oído que dixese"; "madre muy piadosa a sus súbditos". En su vida de relación con embajadores y ministros, era proverbial su afabilidad, muy lejana de las fórmulas superficiales de la diplomacia: "A los embaxadores que venían de otros Príncipes, y a sus servidores y criados, muy grata"; "a todos los suplicadores y negociadores de sus reynos, muy apacible". "Su mansedumbre fué muy admirable". Los dos monarcas, "no se ensoberbeçieron con las prosperidades". En ellos aparecía la majestad por sí misma sin gestos, posturas ni "poses" de la majestad afectada, tan común en los personajes encumbrados.

    Casi todo esto queda escrito después de su muerte y a raíz de ella; son textos de españoles, alemanes e italianos. No volvemos sobre su crítica y su valor, porque quedan ya bien cernidos en nuestro tomo XV.

    Este modo de ser, en las mejores fuentes de opinión coetánea, arranca ya de sus años juveniles de Infanta y de Princesa.

    “La virtud y modestia de la Infanta (17 años de edad) nos obligan a esperar que os será muy obediente y que no tendrá más voluntad que la vuestra, ni alentará la ambición de los Grandes; pues,.. no hubiese rehusado el titulo de Reina que la ofrecían... contentándose con el de Princesa, que, a su entender, le perteneçe". (A. de Cabrera, Mayordomo Mayor de Enrique IV, hermano de Isabel; Documentación, tomo XV).

    Más que el testimonio y las palabras, abonan este hecho sus actitudes concretas en todo ese episodio de la sucesión. Por encima de los dos grandes partidos en lucha, aislándose del suyo propio, o el que favorecía y desmesuraba sus derechos, ella en soledad, rehusó con humildad, discreción y madurez superior a sus años, el titulo de Reina a destiempo, dando todas las cartas libres y expeditas al Legado Pontificio para la solución deseada por el Papa Paulo II.

    Esta manera inicial de su aparición en la escena política del Reino, fue entonces y ha continuado siendo en la historiografía, uno de los puntos que más voluntades han rendido a su persona y mayor sensación produjo, y ha producido después, de encontrar en la cumbre la humildad y la sensatez que hizo entonces concebir aquellas esperanzas que salieron tan cumplidas en los veintinueve años de su reinado.

    Pocos años más de edad, los 23, y comenzando a reinar, es celebrada la anécdota, críticamente correcta, de la actitud ante el confesor Fray Hernando de Talavera en la primera vez y experiencia de su primera confesión con él: vos, señora, de rodillas; yo aquí represento a Dios, y debo estar sentado. La Reina calló, obedeció e hizo su confesión. Su dicho posterior, de que este es el confesor que yo buscaba, sólo es un pálido anticipo de lo que demostró, en humildades y abatimientos de su realeza y persona, por el resto de su vida con su confesor que la sobrevivió en tres años. 1507.

    Y ninguna prueba tan soberana como deliciosa para antología ascética de abatimiento de la majestad y rendimiento humilde de juicio y voluntad, que la que expone los hechos por la pluma autógrafa de ella misma, en respuesta a una reprensión. Hemos visto confirmado nuestro juicio por otros emitidos muy autorizadamente en la Ciudad Eterna, de que la humildad de esta soberana, antológica, como decimos, para practicar en estrados, ya no es necesario esperarla en la contestación a la carta del 4 de diciembre de 1493 en Zaragoza, sino en la carta de reprensión del confesor, a quien remitimos; porque no es posible que un confesor de reyes, por muy persuadido que esté de la humildad de su Reina, por exigente que sea en sus cosas y duro en sus palabras, llegue a los extremos de expresión de su carta de reprensíón. (Documentación, II, doc. 205, pp. 35-42). Solamente esa libertad del confesor, está acreditando la humildad de aquella Alteza. Pero puede el lector, avezado a escritos de santos, saborear por sí mismo la respuesta, no menos sorprendente por más esperada: "No hubo nadie que,.. assí tan bien reprehendiese de lo que se devía reprehender... que es todo lo mejor dicho del mundo, y muy conforme mi voluntad con ello... No puedo recibir en cosa más contentamiento y recívole tan grande en lo que he dicho que reprehendays y es tan sanctamente dicho, que no querría parezer que me disculpo". Es un conveniente prólogo para informar a su confesor de que ha sido mal informado. Porque este es el último quilate de su actitud en este paso revelador: que la reprensión se fundaba en una excesiva y ambigua información que fray Hernando recibió en Granada desde Perpiñán: "Mas porque me parece que dixeron más de lo que fué, diré lo que paso, y no para formar juicio firme y personal de lo que en realidad y verdad pasó, sino "para saber en qué hubo yerro" "y si lo hay" “para saber... aunque sea tan usado, que si ello es malo, el uso no lo hará bueno" "Y por esto lo pescudo" [lo pregunto]. Y porque "tales son vuestras cartas que es osadía responder a ellas... mas sé cierto que me dan la vida"...

    Desde luego, esta Reina castellana "fablaba muy bien" (Pulgar), y por aquí sabemos cómo era su escribir; niña en Arévalo, adolescente en Avila, acostumbrada a "fablas" entre Manriques de Paredes de Nava y Santillanas de Guadalajara; educada de adolescente con la prosa salmantina de fray Martín de Córdoba; y los Regimientos de Príncipes en la poesía clásica del xv, de Gómez Manrique y fray Iñigo de Mendoza. Por eso, como trozo antológico de doble vertiente, literaria y ascética, ya no podemos buscar delicia de lectura en "fablas" de santos, si no es repasando el epistolario de Teresa de Avila; y así, nos gustaría ver a Isabel escribir como Fundadora, y, a la otra, como Reina, para cerrar el anillo de santidad y de letras en que una y otra nos tienen.

    VI. Su castidad

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    En una armonía de virtudes, a unos llegará más al alma la justicia, la sobriedad1 la prudencia o la insólita humildad en las cimas de la soberanía y del gobierno de pueblos. Pero a otros, al pueblo llano, a los mismos príncipes del Renacimiento, a los historiadores del Humanismo italiano, pasando por los Papas del Renacimiento, les llega más el golpe de luz de la castidad de Isabel la Católica irradiando desde un trono de fines del xv y que abre el XVI.

    Una Princesa y Reina que sucede en el trono a la corrupción del reinado anterior, y a una reina (consorte), la segunda esposa de Enrique IV, su hermano, que no dio honor a la realeza ni a su Corte. No hace contraste con la Reina su madre, quien hizo resaltar la castidad de su vida, como esposa y como viuda, en su retiro de Arévalo en compañía de su madre doña Isabel de Barcelós, en la línea de edificación de otras princesas de Portugal. Pero sí contrasta con altos personajes que rodean a la Reina en su vida política, aquellos políticos castellanos a quienes una crítica alegre y casi banal disculpa como a Príncipes del Renacimiento; el propio Rey, su esposo, de quien no podríamos silenciar este primer contraste, por mucho que hayamos procurado silenciar uno de los datos de la virtud de la Reina que consigue la unión inseparable del matrimonio a fuerza de soportar, en su exquisita sensibilidad, el martirio interior. Ella, que legitima a los tres hijos varones de su gran consejero político el cardenal Mendoza; a la descendencia del clérigo de los ocho hijos reconocidos; que consigue del Papa Borja todo el cauce canónico, o simplemente jurídico, de la reforma religiosa, de la legitimidad de posesión de los territorios del Descubrimiento de América, del encargo pontificio de evangelización, del programa de extensión y posesión de Africa, etc... Ella, queda puesta por Dios en esas cimas como el candelero que indica el camino y la sublimación cristiana de la castidad en aquellos ambientes.

    No puede sorprendernos el que todo cuanto le rodeó en aquella su Corte y reinado, en materia de opinión y de edificación, se haya dejado impresionar por aquella vida y ejemplo de castidad de la Reina de Castilla. Más aún, han asistido a la trasformación de todo cuanto la Reina directamente tocaba o influía, comenzando por su Corte.

    Podemos hacer nuestra la asombrada manifestación actual de esta verdad: "La intachable moralidad privada de Isabel la Católica representa en Castilla excepción tan insólita, como su moralidad pública en la Europa del Renacimiento". (Duque de Maura, en "El Príncipe que murió de amor”, el principe don Juan). Con los debidos retoques que necesita toda frase rotunda de ensayista, dice mucho de lo que quisiéramos nosotros decir. Porque en Castilla se dieron "excepciones" notorias; y en Francia aromaba el trono, consorte y no propietaria, santa Juana de Valois; y toda la renovada Corte de Castilla inauguraba el siglo XVI con una sublimación colectiva de los valores cristianos, y aun humanos, de la castidad.

    De este plantel de perfumada juventud y doncellez de su Corte, de hijas de Nobles castellanos hechas por ella a su imagen y semejanza, destacó a Inglaterra, en la Corte castellana de su hija Catalina de Aragón, a aquellas damas jóvenes, que en la entrada oficial y pública en Londres, impresionaron tan gratamente al canciller Tomás Moro, por su modestia y todo el continente angelical de sus atuendos, como si les saliese espontáneo, y no por imitación, aquel "mirar honesto" proverbial de la Reina de Castilla. No sorprendió tanto en Portugal, más acostumbrado a Princesas como doña Felipa de Lancáster o doña Isabel de Barcelós, aquel trasunto de su madre que fue la hija primogénita Isabel, y después, María; Reinas ambas de Portugal, de las que el franciscano secretario de Adriano de Utrech, que las trató, dice cosas que mucho se parecen a las que dice de su madre la Reina Católica. La locura o depresiones de su hija Juana en Flandes, restó brillantez externa a su interior honesto, recatado y celoso. Su hija Catalina en Londres, fue vista así por el franciscano de la Observancia, avecindado en aquella capital europea: "Letabat videre filiam tantam, tantae matris.,. imitatricern... similem enim reliquit sibi post se". (G. Nicolal. Document. XV, 318).

    La Reina de Castilla había puesto en los tronos europeos que conocieron el trasfondo de el protestantismo inicial de entonces, de la Europa irredenta e irreformada, de un cristianismo humanista en exceso, aquellos ejemplares de edificación y de elevación por encima de todas las falsas justificaciones humanistas de la concupiscencia; siempre iguales, en el fondo, desde Suetonio en su “Museo de torpezas".

    Debemos aportar algunas concreciones de esta virtud en la sierva de Dios, venciendo, como podamos, la tentación de prolijidad, y ciñéndonos a un mero perfil moral.

    "En todas las cosas el exemplo y honestad para el virtuoso vivir a las mugeres, pareçia en su cara". Texto de juventud. "El mirar gracioso e honesto”. "Honestísima, casta, devota” aquella que "fué muger fermosa, de muy gentil cuerpo e gesto e composición". (No es concesión de cortesano; el texto es del cura de Los Palacios, Bernáldez). Pudiera parecerlo el de Gonzalo F. de Oviedo: “En hermosura, puestas delante de su Alteza todas las mugeres que yo he visto, ninguna vi tan graciosa, ni tanto de ver, como su persona; ni de tal meneo e autoridad honestísima". Del mismo: "Ninguna muger en Castilla osara en el tiempo que reinaba la cathólica Reyna doña Isabel, arrebozarse en las çibdades e villas, ni en pueblo, de todos sus reynos e señoríos, porque dezía que, la que tal haze no es buena; e que quiere hazer, o que ya hace trayción e ofende a su marido, e a la república"... (D. XV, 128).

    De extranjero, Münzer, 1494: “Castísima y devotísima Reina'. Este médico de Nuremberg, turista de España, enlaza con los tiempos actuales, en el afán de buscar para su pluma (hoy para el flachs también), los rincones morales y físicos de deterioro en nuestro país; pero en llegando a la Reina y a su confesor Talavera, se manifiesta con superlativos, menos comunes en su estilo y raza, de virtud y sublimación. Periodista, inquisidor de interioridades, en las que no tocó español alguno, ni italiano, de entonces, no vacila en escribir la noticia, que no sabemos de dónde sacó este aplomado varón y médico de Feldkirch y de Nüremberg, pero que contrasta con otras que no sabemos cómo pudo ver ni decir (y callamos nosotros). La noticia de intimidad de la Reina, suena así en su original latino del manuscrito de Münich: "Absente Rege hactenus semper dormivit in conclavi público cum adulescentibus et virginibus suis; nunc, vero, 1494, cum suis filiabus et quibusdam honestis mulieribus, ne infamia adulterii ipsam polluat; suspiciosus enim est multum Castellae populus et in sinistram partem interpretatur”. Respecto de su pueblo de Castilla, no hemos podido ver ni entrever en texto ni hermenéutica, de tal, cosa que indique semejante proclividad de juicio sobre su Reina; antes todo lo contrario. Pero el texto de Münzer es así, y valga.

    El se las arregló para entrevistarse con el confesor, Fr. Hernando de Talavera, e inquirir y conseguir de él, muchas noticias. "Benigne me suscepit, paterneque michi síngula, de quibus quaesivi, informavit”; pero le encontró, al "Granatae Archiepiscopum, hominem doctíssimum, sanctimonia vitae, devotione, pietate, mansuetudine, misericordia maximum... Re vera est alter Jerónimus". "Consiliarius item est regiae Maiestatis et Reginae castissimae". "Ut Christus et facit et docet"- Y añade: "Credo quod Omnipotens ex alto hanc serenissímam mulierem, languenti Hispaniae missit”. "Quid plura?" no acierta a terminar nuestro convencido observador:... "Religiosissima, piissima mansuetissima esí, re vera non possum narrare virtutes suas". Nos ha dicho más cosas Münzer: lo relativo al aspecto juvenil de la Reina, que, entonces (1494) tenia cuarenta y tres años de edad. "Facie multum decora". (Se repite también desde el extranjero este dato que nosotros recogemos por doquier, sin investigarlo en Documentación). "CréJeres eam vix triginta et sex annorum". Como si coincidiera con su compatriota Melchor Alemán, en el retrato al natural que hizo de la Reina, por esas mismas fechas; el de la Virgen de los Reyes Católicos, con toda la familia Real, hoy en el Museo del Prado de Madrid. Allí está la Reina en retrato fiel, con su cara y porte de "treinta y seis años”.

    En esto de la veneración de su pueblo a la Reina, como dechado intocable, hemos defendido, con más datos aún que Menéndez Pelayo (Documentación, XV, doc. 1.860, 401402), el respeto y recato de buen fraile de la Observancia, a Fr. Iñigo de Mendoza, uno de los tres principales poetas líricos del 5. xv y estimadísimo de la Reina. Dedicó a esta, en un prólogo que hemos analizado, su vidrioso tratado "sobre la diferencia que ay entre la Razón y la Sensualidad. No celos, pero sí severidad, hubo en el mal humor que le produjo al Rey este prólogo dedicado. Femando encargó al poeta cortesano, Pedro de Cartagena, que veneraba a la Reina como dechado de pureza, una réplica a Fr. Iñigo, de la que son estos versos:

    Otro yerro, en especial,

    me paresze que hezístes;

    este fué más principal;

    porque a Reyna tan Real

    enderçays lo que escrevistes;

    a Reyna tan excelente,

    estremo de onestidad,

    nunca vi peor presente

    que decirle lo que siente

    vuestra flaca humanidad".

    (Cancionero General, Valencia 1511, ff. 85r-85v. Document. XV, 403).

    Excesivo para Fr. Iñigo de Mendoza. "Jamás la severidad de la Reina Isabel hubiese consentido en su Corte a tan relajado fraile, aun antes de la Reforma de los Regulares en que tanto empeño mostró aquella heroica hembra'. (M. Pelayo. Id. íd.).

    Este mismo autor y poeta, Pedro de Cartagena, elegido aquí por el Rey, es el que había dado, como muchos otros, pero con más belleza de expresión, la interpretación sobrenatural de la vida y las virtudes de la Reina en "una de las mejores poesías del Cancionero, y quizá el más noble tributo que, en su tiempo, pagó la musa castellana a las heroicas virtudes de aquella sin igual Princesa". (M. Pelayo, Id. Id.):

    "De otras Reinas diferente,

    princesa, reyna y señora,

    ¿qué esmalte porné que asiente

    en la grandeza excelente

    que con su mano Dios dora?

    Que querer yo comparar

    vuestras grandezas Reales

    a las cosas temporales,

    es como la fe fundar

    por razones naturales".

    (Cancionero General, Toledo 1520, B.N., R-15.060, f. 87v. Document XV, 396).

    Es la misma interpretación que, en prosa de Iglesia y de historia, dio L. Marineo Sículo; y el ya canónigo de Granada, muy afecto a su arzobispo Fr. Hernando de Talavera, Pedro Mártir de Anglería; y el franciscano secretario de Adriano, por citar intérpretes eclesiásticos.

    Sigamos, y ya poniendo en prosa severa, la expresión sublimada de Pedro de Cartagena: "EXTREMO DE HONESTIDAD", que con poner la palabra "modelo" le hubiera rimado el verso y que-dado bien la idea, aunque con menos belleza y con menos realidad de la que él quería poner; que si es verdad que 105 escritores eclesiásticos y ascetas analizan mejor las interioridades del alma, los seglares, como Cartagena, captan con más fuerza quiza la realidad sobrenatural de la castidad, pudor y porte externo de la sierva de Dios, que cualquier seglar, hombre o mujer, captaba y comentaba en el ambiente.

    A las damas jóvenes que educaba en su palacio, les dotaba espléndidamente en su matrimonio, “especialmente a las que casta y honestamente habían vivido". (El Sículo).

    Angleria: "Maravilloso ejemplar de pureza y honestidad”. Y a Pomponio Leto en Roma: "Quién podrías citarme entre las mugeres de la antigüedad, a las que empuñaron cetro me refiero que haya reunido juntas para las grandes empresas, estas tres cosas: grandeza de ánimo para emprenderlas, constancia para terminarlas y, a la vez, el decoro de la pureza?".

    Observemos en el texto, que Pedro Mártir (alumno antes de la Academia de Pomponio, centro y eje cultural del renacer de la cultura clásica), destaca a su maestro, una contraposición de los ejemplares cristianos: la Reina de Castilla, en el caso. Especifica aun más el de Angleria este auténtico golpe franco al Renacimiento clásico, de corte humanista y rebajado de sobre naturalismo cristiano. Ahora, al cardenal Ascanio: "No se la puede comparar a ninguna de las Reinas que alabé la antigüedad: ... admirable ejemplar de honestidad y modestia, rarísimo en la suma licencia de las costumbres de nuestros días; y es mujer de consejo, hasta lo increíble”. Y este buen nombre que la Reina tiene en su pueblo, y ahí en Italia, principalmente en la Roma del s. xv, se debe a eso: "Son estas virtudes inauditas [añadidas la fortaleza y constancia] de ella y la magnanimidad y fuerza de su corazón, lo que le han grangeado, con razón, este nombre”.

    Se decide ya a citar algún notable ejemplar de aquella antigüedad que Roma estaba haciendo renacer: «Semíramis ú otras semejantes”; pero estas "no tienen la aureola del elogio completo, o por sus malas costumbres [morum interperantia] o por su descuido de la religión”.

    Y ahora dejemos a Pedro Mártir, gran hombre de Iglesia estrechamente unido a Fr. Hernando de Talavera, al menos desde la toma de Granada; porque este dato de haber sido uno de los elegidos por ese estrecho criterio selectivo de eclesiásticos que impuso Talavera en Granada, acredita a Pedro Mártir. Dejémosle decir lo que sigue, aunque lo dijese en soledad, aunque nadie lo hubiese dicho ya en Castilla ni lo hubiere de decir después de él; aunque estas expresiones que seguirán no formasen concierto, sorprendente, pero real, en las explosiones de la opinión castellana. Tiene como punto de partida la comparación con la Semíramis antigua; no cita ejemplos cristianos que precedían a la Reina de Castilla (Teresa de Portugal, la santa consorte de Sancho I de Castilla; su omónima Isabel, princesa de Aragón, consorte de Portugal1 hoy canonizadas. Ni el caso vivo y coexistente de la consorte francesa Juana de Valois, canonizada ya también).

    Pedro Mártir: “Fuera de la Virgen, madre de Dios, ¿cuál otra podréis señalarme, entre las que la Iglesia venera en el catálogo de tus santas [al menos Bernáldez la había comparado con Santa Elena, la madre de Constantino], que la supere en la piedad, en la pureza, en la castidad [castitatis et pudoris férvidus tenor]? “Fué, en toda su vida, ejemplo de castidad; más aún, pudiera con razón decirse, que era la castidad misma". ¿Modos renacentistas del decir, o calor mediterráneo, o adriático, en el concebir? Desde luego no parece expresión suelta al azar; porque continúa en su comparación con la Virgen, para acabar diciéndonos que él es un testigo y observador directo de la vida de la Reina:

    “Después de la Inmaculada [franciscanismo de la Corte de Castilla en el xv...?; el vocablo latino es "intemerata"] de la Inmaculada Madre de Dios, por cuya causa fue pronunciado el vaticinio, se le puede aplicar a ella la profecía: Mirum fecit Dominus su per terram et foemina circundedit virum”...

    "Pueden alegrarse los que, como nosotros, tuvieron ocasión de conocer su alma, oir sus palabras, ser testigos de sus obras “.

    Esta carta, que se fecha en Medina del Campo, va dirigida "al Arzobispo y al conde", a Granada: a Fray Hernando de Talavera y al conde de Tendilla. En documento que, de un modo o de otro, se dirige a esas manos, no entramos más. Nuestra Documentación la presenta en texto bilingile; el original latino y la traducción de López Toro retocada por nosotros. (Tomo XV, pp. 190-192).

    Que esta opinión ya existía en Roma, en la curia, y, en general en Italia, lo atestigua el mismo Angleria. La traía ya de allí. "Romae, inter sacros ego nostrae legis cárdines versabar, quando per omnium Italorum ora, e coelo foeminam, hac nostra tempestate fuisse demissam, ferebatur"... La carta se dirige a la Reina misma (¿la tuvo en sus manos, o es una de las ficciones epistolares, de género literario, que, a veces emplea Pedro Mártir en su Opus Epistolarum?).

    El hecho es que ahora nos dice, que no piensa por testimonio ajeno y lejano:

    Ahora "Te ego ipse vidi, vivas tui oris voces depromptas exhausi; sub humano isto tégmine tuo, divinas latere virtutes conspicuum est". "Qui te intus et incute familiarius versando norunt, si maiora senserint, maiora praedicent". En esta carta aparece el milanés en su primer contacto con fray Hernando de Talavera. (Año 1488).

    En lenguaje casi diplomático, con motivo de la Junta de Santo Domingo de la Calzada, en una negociación con Navarra, Bartolomé de Zuluaga amplía estas comparaciones que parece caían bien al pueblo, aunque el destinatario es el cardenal de Foix. Compara a la Reina, en la empresa de Granada, con "la reyna Esther”, con "la fermosa Judique" (sic) y con la Virgen María, “que, como nuestra Señora, madre de Dios, remedió el humanal linaje, que por su humildad encarnó nuestro Señor para nos redimir, asy esta muy exçelentísima, mi soberana, señora, con su virtud ha remediado a España, e aun a toda Uropa" (sic) (Simancas, Estado-Castilla, I, 1/2, fol. 106. L. Suárez, Política Internacional..., II, Va]ladolid 1966, 219-221. Original. Documentación, XV, 249),

    Se le perdona la comparación, asimismo, a Pedro de Cartagena, cuando, a fuerza de subir el tono, versifica así:

    ... "Que sin defecto se funda;

    es que sois muger entera,

    en la tierra, la primera,

    y, en el cielo, la segunda."

    Si bien refiere la totalidad de su vida y virtudes, denota con intención, el “caballero Cartagena”, su referencia a la castidad de la Reina y a su modestia que se difundía en la Corte y en la domesticidad de la Casa Real:

    "Pronuncian vuestra belleza

    que es, sin nombre, en cantidad;

    mas es de tanta graveza

    que, en mirar a vuestra Alteza,

    da perpetua onestidad".

    Versos que suenan a galanteo cortesano, frenado por el ya proverbial entorno de la majestad y casto decoro que fluía de la persona de la soberana; que su presencia, o a su paso, entonaba de recato cuanto la rodeaba.

    Proseguimos ya en otros datos del perfil moral de castidad de la Reina.

    Entre las virtudes de la enumeración de Cisneros, está su "pureza de corazón'1 [péctoris puritatem].

    El Consejero Real que la describe, después de su muerte, desciende a los términos de una castidad conyugal de la sierva de Dios.

    Era de tal compostura y dominio, que nadie podrá decir que le haya oído palabra impertinente. La excepcional pureza conyugal de que adornó su dignidad Real, obliga a presumir que nunca asentó en ella un mal impulso de pasión ilícita como tampoco pudo tenerse de ella jamás la más ligera sospecha".

    Parece, por tanto, vana una alusión impertinente, que, al aquilatar una investigación, nos hizo ser impertinentes a nosotros; la de amores con Gonzalo de Córdoba, el Gran Capitán, una de las más elegantes aposturas que había en la Corte. El rumor, o humarada, es extranjero y no español. Porque lo recoge con recato el obispo italiano de Nocera, Paulo Giovio, nunca avecindado al parecer, en España, pero al decir de su traductor, el academico de la Historia Rodríguez Villa, era "gran amigo de España y buen conocedor de los asuntos internacionales en orden a la historia de los personajes"; para el historiógrafo alemán Fueter el obispo de Nocera, como biógrafo, es sincero como Guicciardini, pero no mordaz; y amigo de la verdad a toda costa.

    La cuestión surge en Giovio y en él muere con trazo breve y cortante. Esto no brotó de Castilla, sino en Italia, a propósito de la campaña de Nápoles de Gonzalo de Córdoba. Porque Giovio lo trata, no en escrito sobre la Reina, sino en la biografía de Gonzalo de Córdoba en su "Vitae Illustrium virorum". Tomamos el texto, no de la versión española antigua (Amberes, 1555); ni de la moderna de Rodríguez Villa en Nueva Bibl. Autores Españoles, tomo X; sino de la latina de Basilea, 1578, que es su lengua original.

    Y parece que tuvo como ocasión el que esta capitanía para Nápoles, empresa aragonesa secundada por Castilla, fue impuesta por la Reina, con el éxito que ]a historia sancionó, y aceptada por Fernando.

    Vengamos ya a los textos. Comienza Giovio, en su biografía del Gran Capitán, por encuadrarle en la Corte de Castilla; y, al encontrarse el autor con el personaje de la Reina, dice de ella: "Quum generosi pudentisque animi magnitudine, tuin pudicitiae et pietatis laude antiquis Heroidibus comparanda".

    El texto directo viene al tratar de la estimación que Gonzalo de Córdoba tenía en la Corte, y personalmente en la Reina;

    ... “Usque adeo ut nonnulli Gonsalvum a Regina tenerius adamari créderent, quamquam ea esset cerissimae atque impenetrabilis pudicitiae, et ipse Gonsalvus iocos omnes insigni verecundia terminaret". (Documentación, XV, doc. 1.834, pp. 230-233).

    Este inciso relativo al propio Gonzalo de Córdoba, nos hizo continuar sobre él mismo, y venir a conocer, no sólo por Paulo Giovio, sino por otros investigadores, algo que no nos había interesado hasta el momento: la fama de continencia y castidad que, así en Castilla como en Nápoles, tenía bien ganada este íntegro caballero. Giovio, objetivo, quiso salvar con trazo enérgico la virtud de la Reina; pero, sobre todo, biografiar seriamente a su personaje. (Documentación, XV, 232).

    Al mismo tiempo que Giovio, publicaba su compatriota y príncipe de la Historia italiana de principios del XVI, Francesco Guicciardiní. Este si estuvo en Castilla, en 1512, como embajador de Florencia ante el Rey Católico, muerta ya la Reina: "A di 29 di gennaío, io partí di Fírenze per la legazione mía di Spagna... A 27 di marzo mí conducí in Burgos, dove allora si trovaba el Re di Aragona". (Carte, X, c. 9t; en Opere inédite X, 87. Todo en Documentación, XV, doc. 1.833, PP. 227-230). El texto, en Storia d'Italía, Venecia 1563, Lib. VI, ann. 1504, p. 169):

    "Nelle fine di questo anno medésimo, morí Elisabetta Reina (sic) di Spagna, donna d'honestíssími costumí, et in concetto grandíssimo neí regni suoi di magnanimitá e di prudenzia",

    Y en la Relación de España, vers. castellana de A. M. Fabié, Madrid 1879, p. 211: "Cuéntase que la Reina fué muy amante de la justicia, muy casta y que se hacía amar y temer de sus súbditos”.

    Ni remotamente aparece esto en Guicciardini. A continuación, llega a España, como embajador de Venecia ante el Emperador, en 1523, otro historiógrafo italiano, Andrea Navaggiero; "El MDXXIII, a di X di ottobre, fui eletto. ambasciator in Spagna...Me partí da Venetia del MDXXIIII, a di XIII luglio". En el Viaggio fatto in Spagna el in Francia, Venecia 1563, ff.. 26r-27v, dice (Document. XV, 224-225):

    "La Regina Isabel (sic)... fu rara e virtuosíssima donna, e della qual universalmente in tutti quei paesi si dice assai piu che del Re, ancora che fusse prudentissimo, e, a sua etá, raro". Es decir: "extraordinaria y virtuosisima mujer".

    Por entonces habían ya escrito, y estaban publicando sus obras, los italianos Lucio Marineo Sículo y Pedro Mártir de Anglería, de quienes son los textos que hemos conocido sobre la castidad de la Reina, en los que ni la más leve alusión se hace a semejante cosa como la del rumor recogido por Obvio en Italia.

    Y, sobre todo, llega entonces el Nuncio, conde de Castiglione, años 1520 al 1529 en que muere en Toledo. Publica Il libro del Corteggiano, en Florencia, en 1528, pero sigue en España. Su texto al caso, en su larga semblanza de la Reina:

    "Non e stato a tempi nostri, al mondo, piu chiaro exempio di vera bontá, di grandezza d'ánimo, di prudentia, di religione, d'honestá, di cortesía, di liberalitá, in somma, d’ogni virtú”.

    "E ben che la fama di quella signora in ogni loco, et presso ad ogní natione, sia grandissima, quelli che con lei víssero, tutti affermano questa fama esser nata dalla virtú et mérití di lei. Et chi vorrá considerare l'opere sue, facilmente conoscerá esser cosí il vero".

    Pero es que, a continuación el Nuncio habla del criterio selectivo de la Reina, y buen tino, en la elección de las personas para cada oficio o misión, de modo que, según este calificado observador, a veinte años de distancia de la muerte de la Reina, “A nostri tempi tutti gli homini grandi di Spagna et famosi in qual si voglia cosa, sono stati creatí dalia Regína isabella y, entre todos, enumera uno: Gonzalo de Córdoba. Escribe Castiglione cuando escribía Giovio en Nocera, y antes de publicar éste sus obras. Y ni la más leve alusión, ni cosa que pueda suponerla en España, donde Castiglione, con la avuda, principalmente de Lucio Marineo Sículo, dio a conocer la opinión publica española sobre las virtudes de la Reina: "i signori, i privati, glí homini et le donne póverí et richí", y de este testimonio general de opinón pública en todas las capas sociales, en las villas y localidades menores, por supuesto en las ciudades, parte la semblanza entera que dedica a la Reina de Castilla de cara a las cortes europeas. Indudablemente, si el rumor surgió en España, no se conciben estos textos de italianos avecindados unos, embajadores de paso otros, en Castilla, a no ser que ellos mismos quisieran sepultar en el silencio la impertinencia. Pero si el rumor surgió, corno parece, en la población o en las huestes de Nápoles, no solamente el obispo de Nocera que le recoge y le rechaza, sino este conjunto de italianos, que pulsaron opinión en España, han dado con sus silencios sobre el asunto, y con sus testimonios expresivos sobre la castidad de la Reina el mejor y más conveniente tratamiento a este punto sobre la virtud de la Soberana.

    No hubiéramos citado aquí a estos italianos, ni menos al Nuncio Castiglione, por sólo agavillarlos en torno al impertinente asunto, sino que por razones más positivas, marginales y absolutas, queríamos oir voces italianas hablando, in situ del perfume de castidad que exhalaba el trono de Castilla.

    Terminamos este apartado sobre la castidad, con dos testimonios más; uno coetáneo; otro, de Prescott en el s. XIX, por tratarse del autor que más partido ha sacado de las fuentes narrativas coetáneas.

    Rodrigo de Santaella, canónigo de Sevilla, Protonotario Apostólico; fundador con la Reina y primer rector de la Universidad hispalense. Recapitula virtudes así:

    "PURA EN FE. ENTERA EN CASTIDAD. Profunda en consejo. Fuerte en constancia. Constante en justicia. Llena de Real clemencia, humildad e gracia?.

    (Documentación, XV, 298).

    Prescott. Después de un recuento de virtudes, no se le ocurre cosa mejor para cincelar su castidad, que el retrato que de la pureza hace Milton en "El Paraíso perdido":

    W. PRESCOTT. "Doña Isabel en la Corte de su hermano, podía haber servido de original para el bellísimo retrato que de la pureza hace Milton en estos versos:

    So dear Lo Heaven is saintli chastity

    That, when a soul is found sincelery so,

    A thousand liveried angels lackev her,

    DRIVING FAR 0FF EACH THING OF SIN AND GUILT,

    and in a clear dream and solem vision.

    Tell her of things that no gros ear can hear,

    Till oft converse with heavenly habitans,

    Begin to cast a beam on the outward shape,

    the umpolluted temple of the mind,

    and turns it by degres to the soul's, essence

    Till all be made inmortal".

    VERSIÓN ESPAÑOLA:

    Tan querida del cielo es la santa castidad

    que, cuando se encuentra un alma sinceramente así,

    un millar de ángeles la sirven, vestidos de librea,

    ahuyentando a lo lejos todo lo que es objeto de crimen y

    [pecado

    y en un claro sueño y solemne visión

    la cuentan cosas que ningún oído puede oir,

    hasta conversa a menudo con habitantes del cielo,

    comienza a irradiar un rayo de luz sobre los cuerpos

    exteriores

    el templo inmaculado de la mente

    y los transforma gradualmente en esencia del alma

    hasta que todo se torna inmortal.

    (Historia de los Reyes Católicos. Traducida por A. Calvo. Madrid 1856, p. 339).

    VII. La caridad inagotable

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    Nos perdonará el lector, si, con la somera descripción que hemos hecho de los tomos relativos a la Casa Real, a las Cédulas de la Cámara, y del XXV y el XXVI de las Cuentas del tesorero de la Reina, Gonzalo de Baeza, prescindimos de la prolija nómina de las caridades de la Reina en limosnas, y mínimos detalles de provisiones y atenciones que diluyen su amor al prójimo.

    Es más conveniente destacar aquí, para entender de algún modo la documentación al caso, esa otra caridad que mira a la dignidad humana y a la elevación ética, espiritual y sobrenatural de los hombres que estuvieron en el radio de acción, amplísimo, de sus cuidados.

    En un Orden general, documentos y testimonios, masa de unos y masa de otros (que es lo único que en historia hace armonía y determina conclusiones para definir humana y espiritualmente a una persona), ofrecen a una sierva de Dios hecha sierva de los hombres, tornando sobre sí, como Cristo nuestras miserias, las miserias o problemas de los demás; un natural esencialmente bueno, con una bondad cordial, inteligente y dirigida; con un sentido superior, como de maternidad adoptiva sobre sus súbditos, allanada a todos los que son prójimos; "quién sufre, que yo no sufra", y una especie de "sollicitudo omnium ecclesiarum"; o el "'tendréis muchos pedagogos, pero no muchos padres"; no parece sino que el "pasar haciendo el bien" era su alimento cotidiano y su paz interior.

    Algunas particularidades,

    entre sus súbditos de la península.

    Distinguiendo entre 10 que es de justicia y los espacios que ésta deja a la caridad, podría cumplir con instaurar una audiencia pública los viernes para una justicia gratuita a los humildes, o económicamente débiles, o desheredados en cualidades naturales; pero no se conformaba; acabada la audiencia, ido ya el Rey, terminado su oficio de Reina, comenzaba el de madre: "yo os encargo las conciencias, decía a los ministros encargados de llevar a ejecución lo sentenciado, que miréis por estos pobres como si se tratara de mis hijos".

    Ha enfermado doña Juana de Mendoza, esposa de Gómez Manrique, Corregidor de Toledo; doña Juana está en la Corte en Valladolid. La Reina extiende a Gómez Manrique (ordena extender en la cancillería) una Cédula Real concediéndole el permiso que pide para no desplazarse de Toledo por urgencias de allí. Al presentarle la cédula Real de la licencia, la Reina deja de firmarla, y añade un autógrafo que dice: "Gómez Manrique, en todo caso venid luego, que doña Juana ha estado muy mal, y estaba mejor, y ha tornado a recaer de que le dixeron que no veníades". Y aquí, la firma, "yo, la Reina" al documento entero, con la licencia concedida para no venir y el autógrafo en que le dice lo contrario: "'venid luego" (Presentamos en fotocopia el texto de la cédula y el autógrafo añadido, con su firma al fin, en Document, tomo Ia doc. 1, p. 3; la transcripción, pág. 3 bis).

    Destacamos también la redención de cautivos cristianos, mediante sumas económicas, de las que hay importantes partidas en su tesorería; y una importante, en su Testamento, para redimir doscientos cautivos.

    Dotes para bien casar, no sólo a sus damas, sino a otras personas más particulares; o dotes para entrar en un convento a las que tenían vocación en la Corte o fuera de ella.

    Que ella "se preocupaba por todos", lo oímos al fallecido don Antonio de la Torre, al comentar sus documentos sobre las partidas de gastos para ayudar a comer y vestir a aquellos dos hijos de la Reina) que no lo eran del rey Enrique IV; partidas que don Antonio encontró en la Contaduría de Simancas, en la Tesorería de la Reina por su tesorero Gonzalo de Baeza. Y hemos visto una partida más, de 20.000 maravedís al primero de los dos, don Apóstol. (Simancas, Cédulas de la Cámara en D. XIX, 120).

    La verdad es que también cuidó de proveer de una conveniente sepultura de la misma Reina doña Juana, segunda esposa de Enrique IV, la cual falleció muy joven en Madrid; su mausoleo fue costeado por la Reina. Ni se debe olvidar el generoso y pingüe ofrecimiento de cien mil doblas castellanas de dotación a su hija Juana, para su vida holgada y noble; que, al fin, era hija de Reina. Cierto que ello era en una negociación diplomática de la paz; pero si excluimos un sentido de generosidad sin límites, en los dominios de la caridad, desnaturalizamos, a fuerza de política y prejuicios, aquella negociación sin precedentes para las atenciones de aquella entonces adolescente, nunca culpable de los sucesos ni de las intrigas del Reino.

    Vengamos ya a otro orden de caridades, que desbordan los límites geográficos peninsulares, y se refieren a esos grupos étnicos de las Islas Canarias y de las Indias (de América).

    El impulso interior de las incontables providencias de verdadero prohijamiento de los aborígenes canarios, tenían aspectos de justicia implicados en sus provisiones; pero el impulso entrañable de profundidad, salía del seno misterioso y cristiano de su bondad y de su caridad.

    La devolución de los ya vendidos esclavos de los primeros viajes colombinos, fueran cuales fueran las apreciaciones, orignales suyas, de la justicia, de la LIBERTAD y de la IGUALDAD de aquellos nuevos súbditos, tuvieron un impulso interior de su sensibilidad cristiana y humana, y de su entrañable caridad.

    Pero está en los límites de la Caridad, presupuesta esa justicia, la insistencia por el buen tratamiento de aquellos seres, en inferioridad de civilización y de cultura, ya declarados súbditos e iguales ante la Ley; y no nos estamos refiriendo solamente a la cláusula del codicilo, encomendando a la princesa heredera, su hija doña Juana, ese buen tratamiento, sino a la serie de providencias anteriores, en que fue manifestando por Instrucciones, y encomendando con ese su interés ejecutivo apremiante, la necesidad de ese buen trato.

    Las que el Papa Pto xir calificó de "ansias maternales de paz, dictadas por un concepto profundamente cristiano de la vida, que pedía para los que llamaba sus hijos de América, un trato de dulzura y devoción”. (Documentación, XVI, doc. 1.985, pp. 493-

    494).

    Una profundización histórica, social y teológica de este hecho soberano, en el marco de la mentalidad de entonces, y con los hechos paralelos de otras colonizaciones, haría pensar quizá en la fuerza de oportunidad de ponerlos en el candelero que la Iglesia enciende para alumbrar al mundo con el poder del ejemplo.

    Y no sería de menor grado, aquel impulso de CARIDAD con que la Reina, y para súbditos indios de América, implanta una JUSTICIA SOCIAL de anticipación, en una ordenación laboral originalísima, y sin paralelo entonces, del trabajo de los indios. Las ocho horas, el pago en metálico los sábados, el descanso dominical, etc...

    Lo anotamos en el apartado de la CARIDAD intencionadamente; porque entonces, y aun ahora, estas providencias de justicia social, y más en los aborígenes a quienes una mentalidad de época hubiera sujetado a sistemas laborales de esclavitud, no se explican, psicológica y moralmente, sin el impulso y empeños de una CARIDAD a toda prueba; los hombres de hoy verán si, la que se necesita para una justicia social de esta naturaleza, basta ordinaria y normal, o ha de ser heroica. Nosotros nos ceñimos al caso concreto de esta originalidad venturosa, emanada de un espíritu poderosamente evangélico, no de leyenda, porque aun entonces, puede ser de "parábola del Reino de Dios".

    Aquí sería el lugar de hablar de la CARIDAD de bien mayor, o sea de la caridad espiritual que desea y procura al hombre el bien mayor, que es el de La redención de Cristo aplicada; el don de la fe, la gracia para el bien obrar en orden a la salvación, la salvación del alma. Hoy lo llamaríamos, apostolado, y, en Reina, apostolado seglar; pero de esto hablaremos después para no repetirnos ni romper en análisis esta síntesis.

    VIII. El culto divino

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    La virtud de la Religión.

    Difícil en la práctica distinguir esta virtud moral de la teologal de la Fe, y aun de las tres teologales. A esta virtud moral han dado los testigos oculares importancia y páginas de las mejores que han dedicado al espíritu de la Reina; y la documentación archivística desborda con mucho cualquier conjunto narrativo de testigos o escritores. Lo que la Reina hizo por fomentar en su Reino cristiano el culto divino, con la construcción y dotación de templos, monasterios e instituciones, es una nómina larguísima distribuida por la documentación; lo que hizo por la reconstrucción del culto en el reino musulmán de Granada, en construcciones de templos, capillas, monasterios; dotaciones de clero; adaptación de mezquitas para templos, etc..., etc..., no es para síntesis. He aquí un punto en el que los testimonios han quedado chicos ante los documentos; y todo lo que ha sido crónica e historia, incluida la que es historia agradecida elaborada por Religiosos o sacerdotes, palidece ante la realidad; y ya no importan las cifras del Presupuesto de la Hacienda Real, en lo que fue materia de Presupuesto (Ladero Quesada, "La Hacienda Castellana de los Reyes Católicos", en "Moneda y Crédito", nº 103, dic. 1967, Madrid; años 1493-1504; y años 1480-1492; Apéndices documentales), sino el espíritu religioso y de culto a Dios que esto representa en el alma de la Reina. En los templos mayores, es curioso observar que las catedrales góticas están comenzadas por san Fernando en el XIII, y la impronta más visible de su terminación, acusa los caracteres arquitectónicos de fines del siglo xv. León, Burgos, Toledo, Sevilla. Obsérvese en toda la geografía castellana de fines del xv, la infinita nómina de templos menores, que son la voz de la historia del arte pregonando la magnificencia regía en el culto a la divinidad. Después vienen las Islas Canarias; más tarde, América: este capítulo aparte que su-pondría América, desbordando ya todo lo imaginado y lo concebible, por encima de lo real, ha de ser considerado en la situación jurídica de Patronato Regio, por el que la erección y dotación de diócesis, beneficios, parroquias, capellanías; catedrales, iglesias, monasterios, capillas, ya no es un rasgo de la caridad o de la Religión en la línea de la magnificencia, sino una obligación de justicia por el Patronazgo, En 1504 Isabel la Católica dejaba ya inicialmente organizada y dotada la Iglesia naciente en las Antillas, apuntando a la Tierra Firme del Continente americano.

    Si algún Rey o personaje de la monarquía española, incluido san Fernando, ha hecho por el culto divino en España, África y América, algo semejante o que admita un lejano cotejo con la obra de Isabel la Católica, nosotros lo desconocemos.

    Sin embargo de esto, aquí nos importa más el culto privado e intimo que personalmente la Reina tributa a Dios y satisface a su propia llamada interior.

    Permítasenos sintetizar prescindiendo de muchos datos que han ido saliendo ya aquí y de otros que están en la Documentación; porque podemos ceñirnos, no ya al dato, sino a la descripción pormenorizada que hace de la Reina, de su vida religiosa y del culto de la Capilla Real, el que fue uno de aquellos capellanes y Maestro de la Escuela de "mozos de capilla", aquella real familia numerosa, niños y jóvenes, que figuran en la larga lista de la Tesorería de la Reina.

    Así, pues, nadie como Lucio Marineo Sículo ha conocido y descrito la Capilla Real, donde servía como sacerdote y donde alternaba la enseñanza humanística y religiosa, con la cátedra de Salamanca. Difícil empeño este, y que tenemos poco documentado: ¿qué pasó con la cátedra de Salamanca desde que la Reina se le llevó consigo a la Corte y comienza a figurar en las nóminas de su Tesorería? Describe así a la Reina su capellán, el Sículo:

    “...Absorbida por múltiples y graves asuntos de gobierno, pero religiosísima, como un sacerdote entregado al culto de Dios, de la Virgen, de los santos":

    “...rezando las Horas Canónicas como los sacerdotes".

    “...y otras muchas oraciones y devociones particulares, como devotísima y cristiana que era",,.

    “...Dada a las cosas divinas mucho más que a las humanas”.. (Esto lo repite Marineo en su propia versión y refundición castellana del De rebus Hispaniae, y en la Historia abreviada).

    Este dato del culto oficial en el rezo del 0ficio divino fuera de su Capilla Real, está relacionado con lo que nos dijo Münzer en el Itinerarium Hispánicum, hablando de Guadalupe. En aquel monasterio de frailes jerónimos, el monasterio mariano por excelencia en el Reino de Castilla, tenía la Reina sus delicias ["delectatur valde illo monasterio"], "et, dum ibí est, dicit se esse in suo paradiso". Y a ese paraíso es de difícil ida y acceso por Cáceres. El palacete de descanso, anejo al monasterio, vino después. El mayor recreo de la Reina es asistir a las interminables horas Canónicas y Maitines de los frailes ["Matutinas et omnes Horas personaliter"]

    Para ello, se hizo prudente y canónicamente, un oratorio privado y minúsculo, en el que pueden caber dos personas de rodillas; pueden, decimos, porque este oratorio está allí todavía, "el oratorio de la Reina", situado como un saliente hacia afuera, en la pared maestra del coro alto de los frailes con entrada por fuera de la clausura, y celosía al coro, sin ser vista de los frailes ni de los fieles que estuvieren abajo en la Iglesia. La Reina tenía licencia Pontificia para entrar en los monasterios; pero no la entendía para esa frecuencia de sus horas de oración y culto público en el canto coral de los jerónimos, largas horas de reloj en el coro.

    "Es religiosísima", continúa Münzer, "máxima in religione; tantum exponit pro ornamentis ecclesiarum, quod est incredibile".

    Vuelve sobre este concepto L. Marineo, describiéndonos su religiosidad y su capilla de palacio. "En lo tocante al culto divino, era activa y dispendiosa: tenía gran número de sacerdotes, elegidos entre los más distinguidos por su ciencia sagrada y por su cuidadosa celebración de los actos de culto; también cantores y niños para el servicio de la capilla, con profesores competentes [él dirigía aquel colegio palatino] para su educación"... "Imposible contar los gastos que hacía en ornamentos sagrados y necesidades de culto”. "Era una muger que a todo atendía y en todo proveía, lo mismo al culto divino que al gobierno del Reino"; “tan ardiente era en el amor y en el celo de la Religión cristiana y del culto divino que, a pesar de los múltiples asuntos de gobierno que, día y noche la ocupaban, ERA SU VIDA MÁS CONTEMPLATIVA QUE ACTIVA". (D. XV, 203-204).

    ¿Cómo ha podido escribirse esto, sino por uno de aquellos sacerdotes escritores, cuyo oficio permanente en la Corte, era ese concretamente: el servicio de la Capilla de la Reina?

    De todos los modos, si atendemos a la biografía interior y exterior de tantos santos ocupados, reyes, prelados, papas, podremos observar lo mismo; verlo directamente para poder creerlo, cómo dedican largas, muy largas horas, al rezo y a la contemplación; a esa meditación sin reloj, en que el alma, y la mente, trabaja ascéticamente con Dios, os es ocupada místicamente por Dios. Todos los reyes cristianos oran; y sus estatuas orantes expresan una realidad. La Capilla Real castellana, se funde después con la aragonesa, que también tenía en Castilla Fernando el Católico, para formar la Capilla Real del Emperador, bien proveída; pero esta Reina "nunca faltaba a los divinos oficios" que allí cantaba o semitonaba su clero de capilla, con asistencia a veces de otras personas seglares de la Corte; y aquella vida de oración y contemplación prolongada, ya es dato de singularidad de la sierva de Dios. Siempre se hallaba presente también "a la Palabra de Dios”. Y seguía con atención y exactitud la letra de los salmos en el Oficio cantado: "si alguno de los que celebraban o cantaban los psalmos o otras cosas de yglesia, erraba alguna dicción o syllaba, lo sentía y lo notaba, y, después, como maestro a discípulo, se lo enmendaba y corregía...

    Sobre la Capilla de cantores y músicos escogidos que la Reina tenía y llevaba a su corte para el culto, que nos han legado obras maestras, hoy tan ardientemente buscadas y solicitadas en el mundo, ha podido escribir Mons. Higinio Anglés sus cinco tomos sobre "la música en la corte de los Reyes Católicos", duplicado el cuarto tomo; escritos desde la Escuela superior de Música sacra de Roma, y editado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Inst. de Musicología, Barcelona 1960-1966. Entre los músicos, Juan de Anchieta "uno de los fundadores de la escuela musical española" en esa época, ya estaba en la capilla de la Reina desde el 6 de febrero de 1489, a los veintisiete años de edad. Después fue canónigo de Granada. Afortunadamente conocemos, uno por uno,. en las nóminas de la Contaduría o de la Tesorería particular de la Reina, a todos aquellos sacerdotes, músicos, cantores, mozos y niños de capilla (Documentación, XXV y XXVI, principalmente); y la alta calidad o religiosa, o teológica o cultual, musical y de composición polifónica, ejecución coral, de aquella espléndida plantilla que elevó a un rango de Religión, de Culto y de Estética, aquel delicado montaje del culto divino que la sierva de Dios hizo en su Corte.

    Doquiera estuviese la Corte de asiento, allí estaba, ambulante, como toda su corte, toda o parte de la plantilla de sacerdotes y músicos para el culto.

    Sabemos que fuera de su Corte, buscaba también la Reyna ambiente y recogimiento (como si fuera un refugio de piedad permanente, de que le había privado el haber nacido Princesa) en los monasterios; ahora nos referimos a los de monjas. En Sevilla, por ejemplo:

    "Frecuentaba los monasterios de monjas, y con particular afecto, el de Santa Maria de las Dueñas y el nuevamente fundado, de Madre de Dios".

    "Visitaba todos los sábados la Santísima imagen de nuestra Señora de la Antigua, y la dió una lámpara de plata".

    "Todo el tiempo que le sobraba al gobierno (seguimos en Sevilla), empleaba en obras de piedad y en frecuentar conventos de Religiosas, de que en el de Santa María de las Dueñas de esta ciudad, y en el de Madre de Dios, hay no pocas memorias”. Lo mismo se dice de los hospitales.

    Pero lo que no habíamos averiguado hasta avanzado nuestro trabajo, es el retiro espiritual de varios días, a que, a veces, vacaba la sierva de Dios. En Sevilla "en las monjas, se quedaba, a veces, algunos días, a darse más libremente a exercicios de devoción..” (Documentación, XVI) Tenía ya cerca, en fechas, el "Exercitatorio de la vida espiritual" del monje benedictino de Valladolid García Jiménez de Cisneros, destacado de allí por la Reina para la reforma de Montserrat. Allí se escribió el Exercitatorio. Su método, especialmente en cuanto a la oración mental, hace presentir otro libro que estaba ya cerca y que saldría de la cueva de Manresa: el Libro de los Ejercicios de san Ignacio, al que se le han querido ver conexiones y precedentes inmediatos en el de García de Cisneros.

    IX. Profundamente piadosa

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    Esta virtud de la Religión, nos ha ido trayendo insensiblemente a la explicación profunda de las virtudes morales expuestas: la piedad, las prácticas piadosas, la vida de oración expuesta por quien tan de cerca pudo a diario observarla; la oración vocal privada, la oficial de la Iglesia en el Oficio divino, la oración mental, la contemplación. Isabel la Católica, la de la prodigiosa actividad, era una contemplativa. De esta fuente dimanan las cosas; su vida sobrenatural tan extremadamente llevada, es la fuente de sus virtudes. Yerran, de buena fe, los autores que han exagerado como virtud sobresaliente de la Reina, el mero cumplimiento de un deber de reinar y gobernar y emprender como soberana, descuidando el tratamiento de virtudes donde las almas se funden y de donde todo dimana. Erraba graciosamente Gómez Manrique con ese mismo simplismo, al recomendar a la Reina, en su Regimiento de Príncipes, menos rezos y más gobierno... Y le han seguido esos autores, montando, un poco de memoria, la biografía moral de Isabel la Católica. Le había así aconsejado Manrique el gobernar:

    “No con muchas oraciones,

    ayunos ni disciplinas,

    con extremas devociones

    saliendo de los colchones

    a dormir en las espinas.

    No que vistades cilicio

    ni fagades abstinencia,

    mas que vuestra excelencia

    use bien de aquel oficio

    de regir y governar

    vuestros reynos justamente..."

    Queda bien para Regimiento de Príncipes; pero cuando estos son santos, saben cuál es el camino, aun para los mismos éxitos de gobierno; e Isabel la Católica es el ejemplo palmario de lo que decimos.

    Un hecho que, entre tantos más, destaca en ella en la promoción del culto divino en la Iglesia de Castilla: el relativo a la Eucaristía. Pudiera estar, y lo creemos así, dentro de esta promoción de culto, y aun de la fundación de las asociaciones eucarísticas para promoverlo, que llevó a cabo su íntima amiga doña Teresa Enríquez, esposa del Comendador Mayor don Gutierre de Cárdenas, ambos residentes en Palacio. Es sabido que la Reina, o secundaba iniciativas fundacionales, como la de la beata Beatriz de Silva en la fundación de las Concepcionistas franciscanas, de las que la Reina es cofundadora, o las promovía por medio de otras personas. De uno o de otro modo, la sierva de Dios es cofundadora, con doña Teresa Enríquez, llamada entonces y hasta hoy, "la loca del Sacramento", de las asociaciones que promovieron el culto y honor del Santísimo en las iglesias de España; la que aún existe en San Lorenzo in Dámaso en Roma, edificio de la Cancillería, es también fundación de doña Teresa Enríquez.

    Pues bien, dentro de esta promoción de culto eucarístico, que llega hasta las más sencillas iglesias de las aldeas, está la carta que la Reina escribe a todos los obispos del Reino, carta de ruego, que no emana de la cancillería, sino de la cámara de la Reina, y es una de las cédulas de la cámara. En ella expone la situación de cierto descuido (no creemos que tanto; y cuidamos mucho en historia el tomar al pie de la letra como dato, por ejemplo la literatura sinodal reformista); descuido decimos en la conservación del reservado en "caja de plata", renovación de las especies sacramentales, limpieza y decoro de todos los objetos de culto en el altar del Santísimo, la lámpara. Todo esto, dice, «es cosa de servicio de Dios e que todo cristiano debe procurar". (Hemos presentado esta carta en el tomo XIX de la Documentación, doc. 2.517, p. 425).

    X. Celo de la gloria de Dios. Apostolado seglar

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    El celo de la gloria de Dios, de la extensión de su Iglesia en el mundo y de la salvación de las almas, en un grado y extensión que sobrecoge al historiador más cerebral, fluye de la documentación de modo perceptible y palmario, o porque los datos están expresos, o porque están implícitos, o porque están supuestos en la línea de continuidad de una acción, que, a veces es directa, o a veces organizada y realizada por otros en virtud de una alta programación el estímulo, la vigilancia, el apremio al colaborador, o simplemente esa fórmula que ya le había sugerido su confesor Fray Hernando para toda su obra selectiva en general: elegir bien al personal misionero y administrador de Iglesia, y “fiar osadamente dellos". En el Reino interior de Castilla, promover y hasta exigir con aquellos sus buenos modos, la reforma interior de la Iglesia en Castilla, por cauces canónicos; en lo que a ella le correspondía, que fue mucho y determinante o decisivo; promover y casi ordenar la evangelización de las Islas Canarias y la implantación de la Iglesia allí con las mismas instituciones, y aun usos de Castilla; y, finalmente, lo que desborda ya todo cuanto haya podido conocerse en siervos de Dios constituidos en alta magistratura, evangelizar a los naturales de las Indias (Nuevo Mundo) con los métodos misioneros y catequísticos mejores; constituir la Jerarquía; organizar las "doctrinas", o parroquias misionales, que fue el sistema español; fundar los monasterios de frailes y de monjas; edificar los templos; facilitar la formación

    de la familia, o bien de la familia pura, o la de la familia en mixtura, de españoles con mugeres Indias: el mestizaje; o, finalmente, asentar la familia puramente española, que indefectible-mente era misionera por espontaneidad. Esta pieza fundamental de la familia, como instrumento de cristianización de aquella sociedad hispano-india en formación, fue, ya en aquellos años iniciales, el sistema español que explica la rapidez y la fulminación de aquellas Misiones del Nuevo Mundo.

    Decimos, que aquí hay una nueva situación jurídica, que no había en el Reino mismo de Castilla (excepto el de Granada), ni, al principio en las Canarias; situación que afecta a la absoluta libertad y responsabilidad misionera de la Reina; digamos ya, de los Reyes: el Patronato Regio (al modo del de Granada), con el consiguiente cargo a la conciencia que las Bulas de Alejandro VI y de Julio II, imponían a la Reina. Ella sólo necesitaba los caminos abiertos a aquella su expeditiva manera de ser cuando se trataba de procurar y conseguir la gloria de Dios y la extensión de la Iglesia; más todavía en aquella nueva geografía del Mundo que Dios habla puesto en sus manos, y los Papas le habían colocado como el más grato cargo de conciencia. Para ello era, en verdad, la elegida de Dios.

    Todos los que sean detalles en la difícil síntesis de las líneas que inmediatamente preceden, están en la documentación, o fluyen de ella, con una contundencia tan útil para su Causa, como para la historia; una historia que tenía tantos espacios oscuros o desconocidos. Los ofrecemos aquí a la Iglesia para su consuelo y a la Patria para sus satisfacciones y su prestigio.

    "Nuestra principal intención, fue...”

    El Descubrimiento y primera administración, tuvo problemas y aspectos de todo orden que van anejos al oficio de Reyes o de Soberanos.

    Sobre todos ellos, la primada de lo espiritual y de la evangelización de aquellos naturales queda tan documentada (D. XIII) que ya a nosotros resulta, personalmente innecesaria la cláusula del Codicilo, que es la que el mundo conoce, y, por fortuna, le basta.

    Para unos y para otros, tiene la cláusula un sentido nuevo: el de establecer y asegurar la continuidad de este principio en sus sucesores dinásticos. Esta es la fuerza que añade el codicilo, tres días antes de su muerte, con la firma desvaída, cuando por vez primera se le adivina temblarle la mano...

    "Por quanto, al tiempo que nos fueron conçedidas por la sancta Sede Apostólica, las Yslas y Tierra Firme del Mar Oçéano, descubiertas e por descubrir, NUESTRA PRINÇIPAL YNTENÇION fué,.. de procurar de ynduzir e traer los pueblos dellas, e les convertir a nuestra sancta fe cathólica, e enbiar... prelados e religiosos e clérigos e otras personas doctas e temerosas de Dios para ynstruir los vezinos e moradores dellas en la fe cathólica, e les enseñar e doctrinar buenas costumbres, e poner en ello la diligencia devida”.

    El gobierno de Castilla, en su Testamento, lo dejaba al Rey Fernando, su marido, Rey de Aragón; la sucesión al trono, correspondía a su hija doña Juana, casada con el archiduque de Austria, don Felipe. A estos, y a toda la sucesión dinástica del futuro, encomienda vivamente la continuidad en este principio, norma y diligencia:

    “Por ende, suplico al rey, mi señor, muy afectuosamente, e encargo e mando a la dicha prinçesa, mi hija, e al dicho prínçipe, su marido, que así lo hagan e cumplan".

    El final de la misma cláusula, torna de nuevo a la caridad en los aspectos y valores humanos, y a la justiçia que ya quedaba legislada. Que no consientan que los indios y cualesquiera moradores "reçiban agravio alguno en sus personas ni bienes", "que sean bien e justamente tratados”; y que si hubieren reçibido ya algún agravio “lo remedien”...

    ...”E provean por manera que no se exçeda en cosa alguna de lo que por las letras apostólicas de la dicha conçesión, nos es iniungido e mandado”.

    Apostolado interior en Castilla y Aragón.

    Que la Reina Isabel, sierva de Dios, quisiera, ante todo, poner sus Reinos y Señoríos al servicio de Dios, como lo estaba su persona, en el más puro AMOR A Dios (que sitúa a la CARIDAD en un rango teologal), es cosa que la Documentación no nos autorizaría a poner en duda; lo mismo los documentos individuados, que la masa o armonía documental. Están juntos los órdenes de la Caridad: el moral, hacia los hombres; el teologal, hacia Dios. Cuando estos salen tan juntos y trabados, no debemos separarlos en fuerza a un propósito de análisis de virtudes en compartimentos científicos o didácticos. Pero aquí queremos subrayar ahora el aspecto moral de la caridad de la sierva de Dios, dirigido hacia los hombres, y en su valor supremo: el espíritu, el sobrenatural de la redención y de la salvación. Este AMOR DE REDENCIÓN Y SALVACIÓN que constituye la esencia cíe novedad del "MANDATO NUEVO": "que os améis los unos a los otros COMO YO OS HE AMADO A TODOS", que, en pura exégesis, implica en Cristo las sublimaciones del amor de redención en la cruz, y lo manda a todos, a su imagen y semejanza. Y así, no hay valor de la CARIDAD que pueda compararse a nada de este mundo; no hay valor humano que podamos procurar a los demás, como el de la aplicación de la redención; la salvación por la fe y por las obras con la gracia.

    Este amor a Jesucristo Redentor, tiene en la Reina una manifestación y prueba externa, entre tantas. La Vita Christi de Ludolfo de Saxonia, estaba siendo en la Europa del siglo XV una honda cimentación escriturística y ascética, en la Exégesis, y en la vida de las almas, de alta dimensión histórica en aquella “devotio moderna”. Esta tuvo cimientos exegéticos (y también ascéticos) en la Vita Christi del cartujo de Strasburgo, Ludolfo de Saxonia, llamado vulgarmente "El Cartuxano"; él y su Vita Christi.

    El fruto que estaba produciendo en la Cristiandad europea este libro, extendido por haberse escrito en latín, la lengua internacional de cultura de entonces, era incalculable. La Reina, que sabía el latín, que lo h4cía enseñar en sus escuelas palatinas, que era ya, a fines del siglo, lengua conocida de las generaciones jóvenes de hombres cultos educados al amparo de ella; que la sabían y dominaban sus hijas, se daba cuenta de que no la do-minaba ya el pueblo; la desconocían las monjas en los monasterios; los legos de las Ordenes Religiosas; la mayoría de la masa popular. Como punto de programa de educación cristiana del pueblo, estuvo en su mente el hacerles llegar a todos, en lengua castellana, la figura y vida de Cristo como aparecía, llena de calor vital, en aquel exegeta y monje, el Cartujano.

    La Reina encargó la traducción castellana al poeta y prosista clásico Fr. Ambrosio de Montesinos. Fr. Ambrosio, que además de poeta lírico era un "prosista de grave, castizo y abundante estilo" (M. Pelayo), hizo esta traducción "en noble y robusto len-guaje, y es una de las mejores muestras de la prosa de aquel tiempo" (M. Pelayo), porque también lo era la del original latino de su autor germánico.

    Montesinos dice de su traducción y del contenido de la obra que le encargó la Reina "sacar, de latín, en lengua familiar de vuestra Castilla, para servicio vuestro y de todos los devotos de España..."; dice: "Es libro de consolaciones entrañables e secretas,,, "que provoca a lágrimas", apto "para alumbrar entendimientos e endereçar voluntades", "para emblandçer durezas antiguas de coraçones".

    La Reina financió la impresión, y conoció en vida la edición, esa deliciosa edición en cuatro tomos de las prensas de Stanislao Polono en Alcalá de Henares; el primero y el cuarto, en 1502; el segundo y tercero, en 1503, en vitela; preciosa y cuidada edición. (Bibl. Colegio Santa Cruz de Valladolid, núms. 82-85 del catálogo de Alcocer. Es la que tenemos a la vista. Todo lo relativo a esta obra y los textos críticos de Menéndez Pelayo, en Documentación, XV, doc. 1.847, pp. 299-302).

    Esta "Vita Christi Cartuxano" que es el titulo de la versión castellana de Montesinos; o mejor todavía, este "Cartuxano", sirvió de lectura espiritual al pueblo español del siglo xv'; y también lo manejó, como era natural, santa Teresa de Jesús, y su lectura produjo en la santa uno de sus "ímpetus' y “arrobamientos", como ella describe en su autobiografía: "Estaba un día, víspera del Espíritu ....... comencé a leer en un Cartujano...” (Vida, c. XXXVIII). A esta obra para la formación cristiana del pueblo, se añaden otras menores. "Lucero de la vida cristiana" encargado por la Reina a Ximénez de Prexamo, para lectura espiritual en su Corte y en el pueblo como "manual de doctrina y edificación cristiana"; obra realizada y editada en Salamanca, 1493; y en Burgos, 1495; parece no consiguió la Reina en vida la traducción del catalán del "Llibre de los dones", que encargó para edificación cristiana de la muger; (sólo conocemos la versión posterior del anónimo franciscano, Documentación XXII, pp 210-218); con estas obras trató de poner en manos del pueblo, de las damas de su Corte, y de aquel alumnado de sus dos escuelas palatinas para la educación de los jóvenes y las jóvenes, libros de alta edificación cristiana para la formación que ella quiso dar ~ se diese con los fines a que vamos a aludir.

    La formación cristiana del pueblo, a través de una intensa

    formación teológica y espiritual del clero y de los religiosos.

    Con alto espíritu cristianizador de apostolado fundamental, un sentido del presente, y un agudo sentido del futuro, proyectó y realizó la Reina, a quien quisiéramos llamar, en este aspecto, incomparable en los servicios a Dios y a la Iglesia, una trasformación religiosa, cristiana, intensamente virtuosa y apostólica de España. No sabía ella los acontecimientos, inciertos entonces, consumados después, a los que había de servir esta obra providencial de transformación cristiana, obra de Dios providente para aquel siglo XVI critico, que ya se revelaba, estaba ya sirviendo al Nuevo Mundo que exigiría un dispendio gigantesco de apostolado; y quedaba cerca el pontificado de León X en el que estalló la llamada "Reforma". Pero en la mente de ella, y prescindiendo de las concreciones contingentes que exigiría el futuro ya próxirno, estaba una obra decidida, y sin desmayos, heroica en su conjunto y en muchas de sus particularidades; heroica en sus dificultades intrínsecas superadas y en la continuidad y asiduidad de la tensión y prueba de espíritu que entrañaba cada una de sus complejas y duras exigencias.

    En la formacion positiva de la nueva vida de aquellas Qrdenes Religiosas reformadas; en aquel alto clero, denodadamente conseguida a fuerza de constancia, de razón y de diplomacia; de aquel clero español, comenzando por los "coronados", o simplemente tonsurados sin aspiración de Ordenes Sacros Mayores; de aquel clero sacerdotal que servia las parroquias.

    Fracasar en el empeño, hubiera parecido tan normal a la Cristiandad europea y a la Santa Sede, como pareció sorprendente y asombroso el éxito logrado. Pero fue amasado de heroísmo, en virtudes de Fe y de amor divino, en sabiduría y en virtudes morales, desde el quicio de la justicia hasta la última ramificación de la arboladura moral y del buen sentido y tacto de ambientes, de la dulzura de corazón y de carácter que hay que poner a prueba para este trato de gentes.

    El estamento religioso y eclesiástico de las Ordenes y del clero, es la piedra fundamental de la misión divina de evangelizar y santificar al pueblo en todos sus niveles; pieza insustituible en el mismo plan divino del ministerio de la palabra y de los sacramentos. Fue el más difícil de todos; pero bien valía aquella heroica contribución de Isabel la Católica, a su reforma primero y a su formación positiva después, incorporando los elementos nuevos que la sabiduría selectiva, y el tiempo mismo, iban suministrando; todo ello por cauces que ya a ella no le correspondían di-rectamente: el cauce canónico de los Papas y el nombramiento, tenazmente conseguido, de los reformadores: Talavera, Cisneros, Juan de Tolosa, Boyl y García de Cisneros...

    Ellos sabían bien, que sin la sombra de la Reina, de los Reyes, los reformadores nombrados quizá ni Cisneros, podían valerse con sus frailes, con sus Capítulos y con aquella democracia reglamentaria de la discusión y de las votaciones. Y sobre los presuntos reformadores a la inversa, que sutilmente se infiltraban en la plantilla de nombramiento pontificio, todavía la Reina, dos días antes de su muerte, tiene que advertir en el codicilo:

    "algunos reformadores exceden los poderes que para ello tienen". "'Por ende mando que se vean los poderes que cada uno dellos tiene (las bulas pontificias conseguidas por ella misma) .... conforme a ellos, se les dé favor e ayuda, e no en más".

    Sí, esta puesta a punto para el ministerio eficiente, costó más trabajos y dificultades a la Reina, que la del propio APOSTOLADO SEGLAR, que a ella, como cristiana le tocaba.

    Vengamos, pues, a su APOSTOLADO SEGLAR. Santificaba todo lo que tenía cerca de sí. Comenzó purificando su Corte con un nuevo plantel de damas, caballeros y criados elegidos todos con esmero; especialmente, sus damas, que son las que dan el tono a la Corte. Antes de que surgieran aquellas nuevas juventudes de la Nobleza, formadas por ella, ya aquellas damas de elección constituían un nuevo ambiente y ser de la Corte castellana, corte ambulante, que iba recorriendo y edificando con sus ejemplos las ciudades y villas castellanas, y, en su menor medida, también aragonesas: "hacía poner mucha diligencia en la guarda dellas", "assí que todo su palacio era un monasterio muy encerrado y muy guardado”, esto, ya desde los principios, porque pudo anticiparlo Pulgar; y ya durante la empresa de Granada, a un caballero reacio a ir a la Corte por no contaminarse, le dice en sus Letras: “Esto, muy noble señor, es verdad que acaesce en las cortes de los reyes malos e tiranos, do se face el buen caballero, malo; y el malo, peor; pero no ha lugar, por cierto, en la corte de los buenos reyes e cathólicos, como son estos nuestros; porque allí se ha tal doctrina con que el buen caballero, es mejor, y el malo, no tanto, e aun allí puede el buen caballero ganar su ánima". (Letra XXXI- Document. XV, 90).

    Mientras duró la guerra de Granada, no pudo poner enteramente en práctica su idea de educar por si misma a los más de los hijos e hijas de los Nobles y varones principales. Al frente de las dos escuelas palatinas, debía estar Pedro Mártir de Anglería; y este prefirió incorporarse al ejército que iba sobre Granada; después, aceptó el cargo, por comisión y convencimiento de Fr. Hernando de Talavera y del cardenal Mendoza en nombre de la Reina.

    La intención de Isabel la Católica, era educar cerca de si, a toda esta juventud, que había de constituir en los principios del siglo XVI, la joven sociedad española en su clase dirigente; y toda la sociedad española del siglo xvi, influida por estos grupos seglares que se formaban, a su vez, en un espíritu de apostolado para con los demás- Y que la Reina, fuese como se dice -con perdón- una sabia casamentera, es cosa que la documentación más variada demuestra y confirma; muchos de los matrimonios que en la Corte se hacían estaban o estimulados o favorecidos por ella; y a las jóvenes más distinguidas por su virtud, o también por sus servicios, les dotaba generosamente para su casamiento. De allí salió lo más influyente, lo más granado, de la familia española del siglo XVI. Tenía concedidos por los Papas especiales confesores, bien dotados de facultades canónicas, como directores espirituales de aquella juventud y de las damas de palacio. -Verdad dice Pulgar que esto “no leemos en Crónica que hiciese ninguna otra reyna", porque una de las cosas que más llamaron la atención del Nuncio Castiglione, fue que "a nostri tempi (1520-1529) tutti gli hómini. grandi di Spagna, et famosi in qual si voglia cosa, sono stati creati dalla Regina Isabella”. Y una buena parte de esta nómina ingente de hombres y mujeres formados a su lado, o bajo su égida, es nuestro tomo XXI de la Documentación, que es una de las fuentes, casi exhaustiva, que nos ha permitido conocer la índole religiosa y moral de los personajes de aquella Corte.

    Ella, la Reina, educó y tuvo consigo al hijo segundo, de los dos varones, de Juana la loca, el Infante don Fernando; que después sucedió en el Imperio a su hermano Carlos, y dejó la numerosa familia de trece hijos a los tronos de Alemania y de Hungría; ella insistió con lágrimas a Flandes que se le enviase a Castilla a su nieto Carlos, para educarle ella misma y en su Corte, como su hermano Fernando. Y si Carlos no lo fue él mismo, hizo que su hijo Felipe (Felipe II de España) se educase de modo parecido a como lo habla sido el único hijo varón de la Reina; de ahí salió el "Libro de la Cámara del príncipe don Juan" de Gonzalo Fernández de Oviedo, hecho por encargo del Emperador con los recuerdos que de la Casa del Príncipe tenía el autor, como servidor que había sido del Príncipe, hasta la muerte de éste.

    Esta influencia y apostolado regio de la Reina Católica en bien del estamento seglar de España y de Europa, constituye un capítulo, creemos que único, y casi todo inédito y desconocido: Ile-no de porvenir biográfico para la sierva de Dios y para ejemplo del mundo moderno. Pudo, con oportunidad, terminar su GENEALOGIA Y DESCENDENCIA de los Reyes Católicos el archivero del Reino Enrique Cocq, con este texto: "Potens in terra erit semen eius, generatio rectorum benedicetur". (Documentación, XXII, doc. 2.957, p. 192).